“Yo quiero a mi bandera, planchadita, planchadita, planchadita”. El chiste en clave reggae que aparece en Llegando los monos, el segundo álbum de Sumo editado por CBS en 1986, condensaba el clima de una escena que se apartaba de la simbología nacional asociada al rock durante la posdictadura. En esos años, los emblemas fundacionales de la Argentina seguían marcados por el uso que habían hecho de ellos las Fuerzas Armadas y el aparato represor.

La distancia con lo nacional también dialogaba con la historia de Luca Prodan, nacido en Italia, educado en Escocia y convertido en una figura central del rock argentino. Su recorrido iba de cantar en inglés, como en los discos que escuchaba, a desarrollar una variante pospunk del cocoliche de comienzos del siglo XX. En ese contexto, Don Cornelio y La Zona fue uno de los pocos grupos que se animó a colocar una bandera en la contratapa de su segundo álbum, Patria o Muerte.

Para 1988, el circuito under empezaba a extinguirse y la banda liderada por Palo Pandolfo encaraba lo que la crítica definió como un suicidio comercial. La bandera, pintada a mano por el artista Nessy Cohen, recuperaba el sol que la dictadura había quitado de su uso —la normativa establecía que solo debía emplearse en ocasiones de guerra—, aunque lo hacía con una luz más rabiosa que radiante: un sol under.

Al rebobinar la historia del Mundial 2026, periodistas deportivos y futbolistas franceses y españoles describieron el cruce con Argentina como una final anticipada. Con la perspectiva que ofrece el resultado conocido, la reedición del clásico contra Inglaterra también aparece ligada a esa carga histórica y simbólica que el rock argentino había discutido durante la posdictadura.