El acceso al agua potable es un derecho fundamental que aún no se garantiza para más de 2.000 millones de personas en el mundo, según cifras de la ONU. Esta situación es especialmente grave en comunidades rurales y aisladas, donde las fuentes de agua son a menudo estanques o charcas contaminadas. En estos cuerpos de agua se encuentra el Dracunculus medinensis, conocido como el gusano de Guinea, causante de la dracunculosis, una enfermedad que incapacita a los afectados durante largos períodos, aunque rara vez es mortal.
La infección por este parásito se manifiesta a través de una ampolla dolorosa en la pierna, de la cual emergen los gusanos. La picazón extrema lleva a las personas a sumergir la extremidad en el agua, lo que permite que los gusanos liberen miles de larvas, incrementando así el ciclo de contagio. A pesar de que no existen vacunas ni tratamientos específicos, la erradicación de esta enfermedad parece estar más cerca que nunca.
En las últimas décadas, la dracunculosis ha mostrado una notable disminución en su incidencia, especialmente en países en vías de desarrollo. Por ejemplo, la República Democrática del Congo fue certificada en 2022 como libre de gusano de Guinea. La OMS ha reportado que el número de casos globales ha caído drásticamente, registrando solo diez casos en seis países en 2025. Las proyecciones indican que el gusano de Guinea podría convertirse en la segunda enfermedad erradicada en la historia, después de la viruela, gracias a la intensificación de las medidas de vigilancia y control en las comunidades afectadas.



