El 26 de febrero de 1993, Nueva York se vio sacudida por un suceso que alteró para siempre la percepción de seguridad en el país, un acontecimiento que marcó el fin de una era de inocencia tras la Guerra Fría. En ese periodo, los medios locales reflejaban una sociedad despreocupada, que aún no se imaginaba enfrentando un nuevo enemigo letal. Sin embargo, a las 12:17 del mediodía de ese viernes, una explosión devastadora tembló los cimientos del World Trade Center, en el corazón del bajo Manhattan.

La explosión, de una magnitud impresionante, creó un cráter de casi treinta metros de ancho y destruyó seis pisos en la cochera subterránea. Ocho años después, ese mismo lugar sería testigo de una tragedia aún mayor, cuando el ataque del 11 de septiembre de 2001 se convertiría en el atentado más mortífero en la historia de Estados Unidos. En las horas siguientes a la explosión, la confusión reinó en la ciudad, con medios de comunicación como el New York Times cuestionando si un avión había colisionado accidentalmente con el edificio.

Las autoridades inicialmente intentaron calmar la situación, sugiriendo que podría tratarse de un accidente. Sin embargo, el humo denso y las llamas comenzaron a avanzar por el interior del rascacielos, creando escenas de pánico y caos. Miles de trabajadores, cubiertos de hollín, evacuaron a toda prisa por escaleras oscuras y llenas de humo, en medio de una atmósfera de terror y desesperación. Los relatos de heroísmo humano emergieron, como el de una mujer en silla de ruedas que fue rescatada por sus compañeros, y el de un grupo de niños atascados en un ascensor. La jornada dejó un saldo trágico: seis muertos y más de mil heridos, muchos de ellos por la inhalación de humo y lesiones severas.