Desde el 17 de febrero, Estados Unidos ha llevado a cabo el mayor despliegue de fuerzas militares en Medio Oriente en las últimas dos décadas. Esta acción abarca áreas estratégicas como el Golfo Pérsico, el Mar Rojo y el Mediterráneo oriental, e incluye una variedad de recursos militares, entre los que se destacan grupos de portaaviones, aviones de combate, aeronaves de apoyo logístico y sistemas destinados a interceptar misiles. Según el Pentágono, esta decisión se basa en evaluaciones de inteligencia que señalan un aumento en la inestabilidad de la región.
El operativo contempla la realización de 18 vuelos de transporte pesado C-5M con destino a países como Arabia Saudita, Qatar y Yibuti. Además, se prevé el despliegue de entre 20 y 22 aviones cisterna KC-135 y KC-46, los cuales son esenciales para asegurar el reabastecimiento en vuelo. Desde mediados de enero, se han registrado alrededor de 160 vuelos de aviones C-17A, destinados a movilizar personal y equipamiento hacia la zona. Asimismo, ha habido un incremento significativo en los vuelos de aviones tácticos C-130H/J entre las distintas bases militares que Estados Unidos mantiene en la región.
La principal preocupación de Washington radica en el avance del programa nuclear de Irán, que podría acercarse a una capacidad militar en un futuro cercano. En este contexto, el presidente Donald Trump ha establecido un plazo de 10 a 15 días para alcanzar un acuerdo nuclear con Teherán, antes de considerar acciones alternativas. Mientras tanto, Irán ha llevado a cabo pruebas de misiles en el Estrecho de Ormuz y ha intensificado sus ejercicios militares en colaboración con Rusia. Si las negociaciones no logran avanzar, se contemplan sanciones económicas adicionales y posibles ataques a instalaciones nucleares iraníes, lo que podría desestabilizar aún más el tránsito de petróleo en la región, un punto crítico para la economía global.



