La situación en el Consejo Nacional Electoral (CNE) de Honduras se encuentra en un punto álgido, marcado por la denuncia de Marlon Ochoa, uno de sus consejeros, quien afirma ser víctima de un intento de destitución a través de un juicio político. Según Ochoa, esta maniobra tiene como objetivo evitar que asuma la presidencia del organismo en septiembre, un cargo al que accede por mandato legal. La crisis no solo se centra en la figura de Ochoa, sino que también pone de relieve tensiones internas en el CNE, complicando aún más el panorama electoral en el país centroamericano.
Ochoa ha hecho un llamado a la comunidad internacional y a la sociedad hondureña para que se tomen en cuenta sus denuncias sobre un supuesto plan que, a su juicio, es una continuación del golpe electoral que padeció el pueblo hondureño. En su declaración, el consejero no solo se defendió de las acusaciones, sino que también las devolvió, señalando a sus colegas del CNE por posibles violaciones al sistema biométrico y por no permitir un conteo exhaustivo de actas y votos antes de la declaración oficial de resultados. Este tipo de acusaciones refleja la desconfianza que persiste en el sistema electoral hondureño y las luchas de poder que marcan la política del país.
Entre las acusaciones más graves que Ochoa ha hecho, se encuentran las dirigidas hacia los diputados Tomás Zambrano y Jorge Cálix. Ochoa los acusó de estar detrás de una campaña de hostigamiento en su contra, motivada por su decisión de revelar audios que, según él, evidencian una conspiración y fraude electoral dentro del CNE. La gravedad de estas afirmaciones no solo podría tener repercusiones en la imagen de los implicados, sino que también podría afectar la estabilidad política en el país, ya que la desconfianza en el sistema electoral puede erosionar la legitimidad de futuras elecciones.
En este contexto, Ochoa subrayó que la presión que enfrenta está vinculada a lo que él denomina un “pacto de impunidad” entre ciertas consejeras del CNE, quienes, según su versión, buscan silenciarlo antes de su asunción formal como presidente del organismo. Este pacto, de ser cierto, podría abrir un nuevo capítulo de crisis en la política hondureña y profundizar aún más las divisiones entre las distintas facciones políticas. Ochoa ha dejado claro que no cederá ante las presiones y que continuará denunciando las irregularidades, afirmando que “Honduras no merece vivir entre trampas, fraudes y golpes”.
Por su parte, la consejera Cossette López ha respondido a las acusaciones de Ochoa, calificándolas de “falsa indignación” y “ajenas a la realidad”. Según López, el discurso de Ochoa sobre injerencia extranjera comenzó el 11 de diciembre, tras un intento de captura que, según ella, nunca ocurrió. Asimismo, ha acusado a Ochoa de utilizar tácticas de difamación y de bloquear el quórum del CNE para obstaculizar su funcionamiento. Esta respuesta revela el nivel de polarización que existe entre los miembros del CNE, lo cual podría dificultar la operación efectiva del organismo.
López también ha hecho hincapié en la presencia de observadores internacionales durante las elecciones de noviembre, afirmando que 123 extranjeros ingresaron a los centros de votación sin la acreditación oficial necesaria. Esta afirmación genera dudas sobre la transparencia del proceso electoral, y pone de manifiesto la necesidad de una supervisión adecuada para garantizar la legitimidad de las elecciones. En momentos de crisis, la confianza en las instituciones es esencial, y cualquier indicio de irregularidad puede desencadenar una mayor inestabilidad política.
Finalmente, la consejera Ana Paola Hall ha criticado la actitud de Ochoa, acusándolo de actuar con “criterios débiles” y de intentar obstaculizar los procesos electorales en curso. Hall ha cuestionado el cambio de postura de Ochoa en relación con la repetición de elecciones en Guanaja, sugiriendo que su objetivo es entorpecer el proceso electoral. Estas tensiones internas en el CNE no solo reflejan la lucha por el poder, sino que también evidencian la fragilidad del sistema democrático en Honduras, lo que podría tener serias consecuencias para la gobernabilidad futura del país.



