La procrastinación se ha convertido en un desafío relevante para los estudiantes universitarios, afectando tanto su rendimiento académico como su bienestar emocional. Este comportamiento puede desencadenar una serie de problemas, como un incremento en los niveles de estrés, ansiedad y culpa, e incluso conducir a la deserción escolar. La especialista Karla Paola Colin Mendiola, de la Clínica de Salud Mental de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, enfatiza que posponer tareas importantes no es un hábito inofensivo, sino que agrava el malestar a largo plazo.
Colin explicó que la procrastinación se manifiesta a través de pensamientos recurrentes que justifican la postergación, como “lo haré más tarde” o “todavía tengo tiempo”. Estas ideas suelen ir acompañadas de una compulsión a realizar actividades menos relevantes, lo que evita enfrentar la tarea principal y perpetúa un ciclo negativo. A corto plazo, la procrastinación puede parecer una solución temporal al malestar, pero a largo plazo solo retrasa la ansiedad y complica aún más la situación.
Durante un taller reciente titulado “Procrastinación: ¡no lo dejes para mañana!”, Colin identificó tres tipos de procrastinación: la evasión, que surge del miedo al fracaso; la activación, que implica dejar todo para el último minuto; y la indecisión, que se presenta ante la incertidumbre sobre cómo o cuándo comenzar. Para abordar este problema, se sugieren diversas estrategias que incluyen técnicas de regulación emocional y una mejor organización del tiempo, como la respiración diafragmática, que ayuda a reducir la tensión y facilita el enfoque en las tareas pendientes.



