Cada febrero, las precipitaciones en Arequipa no sorprenden a sus habitantes. Sin embargo, lo que debería preocupar es que, a pesar de la recurrencia de estas lluvias, las consecuencias continúan siendo devastadoras: inundaciones, colapsos urbanos y pérdidas humanas que podrían haberse evitado. La lluvia en sí misma no es la causa del desastre, sino la insuficiente capacidad para gestionar el territorio y anticipar los riesgos que conlleva.
Las lluvias de este año se inscriben dentro del periodo húmedo andino, manteniendo el patrón estacional. No obstante, la intensidad y concentración de las precipitaciones han variado notablemente: lluvias más breves pero más intensas, tormentas eléctricas más frecuentes y un aumento en la presencia de granizo. Estas observaciones coinciden con los datos del Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi), que ha registrado eventos más localizados pero de mayor severidad.
El cambio climático actúa como un amplificador de estas condiciones, incrementando la energía disponible en la atmósfera y generando tormentas más potentes. Esto, a su vez, dificulta la capacidad del terreno para absorber el agua, creando un contexto más riesgoso para una ciudad que no ha logrado adaptarse adecuadamente. La gestión del riesgo debe ser abordada desde tres perspectivas: la amenaza natural, la alta exposición urbana y la vulnerabilidad acumulada que no se corrige. Cuando estos factores se entrelazan, el desastre deja de ser un fenómeno natural y se convierte en un resultado socialmente construido.



