Ali Larijani fue una figura multifacética dentro de la República Islámica de Irán, desempeñándose como oficial de los Guardias de la Revolución, diplomático y académico. Su estilo de vida contrastaba con su papel en un régimen teocrático: desde su impecable vestimenta hasta sus negociaciones sobre programas nucleares con potencias occidentales, Larijani representaba una dualidad notable entre erudición y pragmatismo.

Su vida llegó a un final repentino el martes, cuando Israel anunció su muerte, a los 67 años, en un ataque aéreo sobre Teherán. Este ataque también resultó en la muerte de Gholamreza Soleimani, comandante de la fuerza paramilitar Basij. Si se confirma su muerte, Irán perdería a uno de sus principales estrategas en asuntos de seguridad nacional, un rol que había asumido tras la muerte de Alí Khamenei.

Larijani se convirtió en una figura clave en un período crítico para el régimen, asumiendo la secretaría del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y dirigiendo la respuesta militar a las protestas de enero, que resultaron en numerosas víctimas civiles. Organismos internacionales estiman que la represión que él orquestó dejó entre 7.000 y 36.500 muertos. A pesar de su formación académica en filosofía occidental, su legado queda marcado por sanciones impuestas por Estados Unidos, reflejando la ironía de su trayectoria como intelectual que se tornó en un opresor.