Mucho se ha debatido sobre los aciertos y las limitaciones de La Odisea, la última película de Christopher Nolan, que llegó a los cines el mes pasado. Entre las preguntas que despierta aparecen su fidelidad a la historia original, compuesta por Homero en la Grecia antigua unos 700 años antes de Cristo, el respeto por las características de sus personajes y el peso que tienen los efectos y la escala de la producción en su posible éxito.
La espectacularidad no es, por sí misma, un defecto. En el cine y en cualquier otra forma de arte, los recursos materiales pueden contribuir de manera decisiva al resultado, aunque también existen producciones de gran despliegue que no logran sostener sus pretensiones. La cuestión central, sin embargo, pasa por otra parte: por el contenido de la obra y por su capacidad para emocionar. Más allá de la factura y del artificio, importa saber si la historia conmueve, si ese “cuento” logra llegar al espectador.
Por eso suelo inclinarme por los artistas que, aun con pocos recursos materiales, cuentan con una gran capacidad de expresión y consiguen tocar el corazón. El impulso de la novedad puede ser también una oportunidad para volver a los textos originales de Homero y a otras tragedias. El griego antiguo y muchas de las traducciones pueden resultar difíciles de seguir, pero vale la pena hacer el intento. Lo comprobé durante mi paso por el Instituto Grafotécnico, donde una cátedra de Literatura permitió leer y analizar La Orestíada, de Esquilo, escrita unos 200 años después de Homero. Allí reaparecen personajes que ya estaban presentes en otras obras, una continuidad que invita a regresar a esos textos y a descubrir en ellos una emoción que no depende de grandes recursos.



