La versión de La Odisea de Christopher Nolan despertó críticas enfrentadas entre especialistas y espectadores. Un sector cuestiona que el director no haya respetado con suficiente rigor el texto original y sostiene que transformó al astuto Odiseo, presentado como un destructor de ciudades inescrupuloso, en un sensible general de brigada marcado por la culpa.

Otra parte de los críticos sostiene exactamente lo contrario: que Nolan no se apartó lo suficiente del relato homérico ni logró convertirlo en una obra nueva y autónoma. Como referencia de una adaptación capaz de tomar distancia de su fuente, aparece Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, moldeada a partir de El corazón de las tinieblas. Desde esta perspectiva, ambas objeciones tienen fundamentos, aunque la intensidad con la que fueron planteadas también parece funcionar como una suerte de reconocimiento indirecto al impacto de la película.

El planteo crítico parte de una hipótesis: si Nolan hubiera intentado transformar La Odisea en una película enteramente personal, con una identidad propia, probablemente habría fracasado. La razón sería que una adaptación de una obra de esa magnitud exige un grado de genialidad que, según esta mirada, el director no posee. Nolan no sería Coppola, Orson Welles ni Alfred Hitchcock, aunque sí un realizador inteligente, como demostrarían Memento y la trilogía de Batman, además de contar con una marcada capacidad técnica y talento. La distinción entre esas cualidades y el genio se apoya en una frase de Schopenhauer: “el talento acierta en un blanco que los demás no pueden alcanzar, mientras que el genio acierta en un blanco que los demás ni siquiera pueden ver”.