El narrador observa cómo el mundo parece resquebrajarse a medida que envejece. Para esa mirada, el paso del tiempo no se limita a la aparición de canas y arrugas: también implica volverse más torpe, lento, desconfiado y malhumorado. En ese proceso, teme reducirse, perder relevancia y convertirse en alguien casi invisible para los demás.

La vejez aparece asociada a escenas de dependencia que el narrador rechaza para sí mismo. En la familia de su madre, recuerda a personas mayores que se caen, usan pañales, necesitan un andador o un bastón y dependen de una enfermera para bañarse. Frente a esa posibilidad, expresa su deseo de morir antes de atravesar esas condiciones y afirma que admira a los suicidas lúcidos, aunque también aclara que no todos lo son.

A partir de sus propias experiencias, evoca a tres personas que eligieron morir en circunstancias diferentes. Menciona a un hombre de gran inteligencia y vanidad que se quitó la vida antes de cumplir setenta años para evitar las humillaciones de la cárcel, vinculadas con un sufrimiento que su padre había padecido cuando él era niño. También recuerda a un escritor sabio que, a los ochenta años, optó por una muerte serena, indolora y asistida ante el avance de una enfermedad terminal.

El tercer recuerdo corresponde a un actor talentoso que se arrojó desde un balcón cuando todavía tenía muchos papeles por interpretar. La reflexión termina volviendo sobre el propio narrador, que imagina su muerte para el momento en que se convierta en un inútil o en una carga para su familia. Incluso se pregunta si esa condición no está presente ya. Como contracara, menciona que algunas noches habla en un programa de televisión, aunque el texto queda interrumpido en esa reflexión.