En el contexto de la guerra de Malvinas, un episodio de valentía y compañerismo ha resonado a lo largo de los años: la decisión del coronel retirado Horacio "Puchi" Lauria de no abandonar a su compañero herido, el sargento ayudante Raimundo Viltes. Este acto de coraje, que tuvo lugar en el monte Kent, no solo puso en riesgo su propia vida, sino que también se convirtió en un símbolo del espíritu de camaradería que prevaleció entre los soldados argentinos durante el conflicto. Años después, este gesto le valió a Lauria la Medalla al Valor en Combate, un reconocimiento a su inquebrantable compromiso con sus compañeros.
La historia de Lauria no comienza en el campo de batalla, sino mucho antes, cuando decidió que su vocación era ser militar. Desde joven, superó múltiples desafíos y se destacó en los rigurosos entrenamientos del Ejército Argentino, logrando su ingreso a las Fuerzas Especiales. Con el estallido de la guerra en 1982, Lauria sintió que todos sus años de preparación lo llevaban a cumplir con su deber en un momento crítico para la nación. En una reciente entrevista, recordó esos días con nostalgia y una mezcla de orgullo y tristeza.
A pesar de su deseo de servir, Lauria nunca imaginó que terminaría en un conflicto bélico. Como él mismo expresó, la experiencia de participar en una guerra es devastadora. La incertidumbre, el sufrimiento y el miedo son constantes en el frente de batalla. El exmilitar comparó su deseo de combatir con la pasión de un cirujano que anhela operar, aunque luego lamentó la cruda realidad de la guerra, que, según él, es la peor experiencia que puede vivir un ser humano. Lauria, que siempre se sintió preparado para enfrentar cualquier situación, reafirmó que la única forma de detener a un comando es mediante un disparo.
En 1982, Lauria, ya como teniente primero y con una familia a cuestas, se encontraba destinado en Salta. Sin embargo, un evento familiar lo llevó a Buenos Aires, donde recibió la noticia del desembarco en Malvinas. Esa madrugada, mientras todos celebraban, él sentía una necesidad imperiosa de unirse a la misión. La idea de no ser parte de esa operación lo inquietaba. Fue entonces cuando decidió actuar y buscar a sus superiores para manifestar su deseo de participar. Su solicitud fue desestimada, pero él persistió, convencido de que debía cumplir con su deber.
Finalmente, su determinación lo llevó a Malvinas, donde se enfrentó a la dura realidad del combate. En medio de la violencia y el caos, Lauria no dudó en arriesgar su vida para rescatar a su compañero herido, Viltes. Este acto no solo fue un testimonio de su valentía, sino también un reflejo del profundo sentido de lealtad que existía entre los soldados argentinos. En los momentos más oscuros, la camaradería se convirtió en un faro de esperanza y fortaleza.
A lo largo de los años, Lauria ha compartido su experiencia y ha reflexionado sobre el impacto que la guerra tuvo en su vida y en la de sus compañeros. La amistad forjada en el campo de batalla trasciende el tiempo y las adversidades. Para él, recordar esos momentos es una forma de honrar a quienes perdieron la vida, así como a aquellos que, como él, regresaron con las cicatrices invisibles de la guerra. Su historia es un recordatorio de que, en medio del horror, la humanidad puede brillar a través de actos de valor y solidaridad.



