Un reciente informe sobre el Producto Bruto Interno (PBI) correspondiente al cuarto trimestre de 2025 ha sorprendido a muchos analistas al mostrar un crecimiento del consumo del 1,7% en comparación con el trimestre anterior y un notable 4,1% interanual. Este dato resulta desconcertante, especialmente cuando se observa que las ventas en supermercados han experimentado caídas en el mismo periodo. La clave para entender esta aparente contradicción radica en los hábitos de consumo de los argentinos, que han ido evolucionando ante la actual realidad económica del país.
El crecimiento del consumo no se limita únicamente a las compras en supermercados, sino que abarca todos los gastos que realizan las familias argentinas. Este consumo ha comenzado a desplazarse de bienes tangibles a servicios y productos importados de uso final, lo que no se refleja en los indicadores tradicionales que suelen medir el mercado de bienes. Así, la metodología de medición del consumo debe ser revisada para captar con mayor precisión las dinámicas actuales de la economía argentina, donde los servicios están ganando protagonismo.
En relación a la creación de empleo, las cifras ofrecen una perspectiva diferente a la que muchos podrían esperar en un contexto de crisis. Con un desempleo promedio del 7,4% durante 2025 y un cierre de año en el 7,5%, Argentina se encuentra en niveles de desocupación que podrían considerarse bajos en comparación con las últimas tres décadas. Sin embargo, el verdadero desafío que enfrenta el país no radica tanto en la creación de nuevos puestos de trabajo, sino en la informalidad laboral que persiste y que ha sido una tendencia alarmante durante la última década. Es fundamental avanzar en reformas estructurales, especialmente en la legislación laboral, para facilitar la transición de trabajadores informales a la economía formal.
Aunque se utiliza el término “estanflación” para describir la situación económica actual, los datos disponibles no respaldan este diagnóstico. La estanflación implica una combinación de recesión y alta inflación, pero el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) ha estado alcanzando máximos históricos desde diciembre, con una tendencia cíclica que muestra 23 meses consecutivos de variaciones positivas. En este contexto, el cierre de 2025 se proyecta con un crecimiento del 4,4%, lo que sugiere que la economía está en una fase de expansión a pesar de las dificultades.
La inflación, por otro lado, ha ido en aumento desde mediados del año anterior, influenciada por la incertidumbre electoral y ajustes en precios de productos clave como la carne y las tarifas. Sin embargo, se espera que una vez que estos factores se normalicen, la inflación comience a descender, dado que las condiciones económicas apuntan a un entorno más controlado. La base monetaria y el M2 transaccional están bajo control, lo que sugiere que la desinflación es inevitable en el futuro cercano, siempre y cuando se disipan los efectos de la recomposición de precios.
A pesar de que los indicadores agregados presentan un panorama optimista, hay sectores que aún sienten la presión del estancamiento. La heterogeneidad de la recuperación económica es un aspecto clave a considerar. Mientras algunos sectores, como la energía y el agro, muestran un crecimiento robusto, otros, como la industria y la construcción, enfrentan mayores desafíos en esta etapa de transformación. El comercio, que representa el segundo sector más importante del PBI, también está en un proceso de adaptación, desplazándose de un modelo inflacionario hacia uno más estable, lo cual requiere cambios significativos en sus operaciones y estrategias comerciales.



