El envejecimiento de la población, la baja natalidad y la transformación del mundo laboral plantean nuevos desafíos para las universidades. La necesidad de actualizar conocimientos de manera permanente crece tanto entre quienes ya obtuvieron un título como entre los adultos mayores que buscan acercarse por primera vez a la educación superior.

En más de un centenar de campus de Estados Unidos conviven dos grupos que no siempre comparten espacios: jóvenes de alrededor de 20 años que cursan carreras de grado y personas de 60, 70 u 80 años que participan de seminarios sobre historia del arte, neurociencia o geopolítica. En general, estos últimos no rinden exámenes ni persiguen una titulación. En más de 120 universidades estadounidenses, ese tipo de propuesta se conoce como Osher Lifelong Learning Institute (OLLI).

La discusión también alcanzó a las instituciones y a sus políticas internas. En 2012, la Dublin City University, en Irlanda, reunió a educadores, investigadores y administradores de distintas disciplinas para definir qué características debía tener una universidad “amigable con la edad”. El trabajo derivó en los Diez Principios de la Age-Friendly University (AFU), un marco que propone ir más allá de la oferta de cursos para personas mayores.

Según ese enfoque, la inclusión de los adultos mayores debe abarcar también la investigación, el diseño curricular, los programas de salud y bienestar y el intercambio entre generaciones dentro del campus. De este modo, la universidad aparece como un espacio de aprendizaje permanente, capaz de vincular a estudiantes jóvenes con personas mayores y de responder a una sociedad en la que las trayectorias laborales y educativas son cada vez más extensas y diversas.