El próximo Mundial de fútbol, a celebrarse en 2026, se erige como un escenario propicio para reflexionar sobre temas de cohesión social y la influencia de los discursos extremistas, según el premio Nobel de Economía Daron Acemoglu. En su análisis, Acemoglu destaca cómo la diversidad étnica de los jugadores puede desafiar las narrativas polarizadas que actualmente dominan el debate político en varios países. Este fenómeno, que se manifiesta de manera especial en eventos deportivos de gran envergadura, puede servir como un catalizador para la aceptación y la integración entre diferentes sectores de la sociedad.

El caso de Deniz Undav, un delantero alemán de raíces turco-sirias y de ascendencia yazidí kurda, se convierte en un ejemplo emblemático en la argumentación de Acemoglu. Tras sus dos goles decisivos en un partido contra Costa de Marfil, Undav fue aclamado por los aficionados alemanes, quienes celebraron su contribución al equipo sin prestar atención a su origen étnico. Este tipo de situaciones pone de manifiesto cómo, en el ámbito deportivo, la identidad nacional puede trascender las divisiones raciales o culturales, generando un sentido de pertenencia que es a la vez inclusivo y celebratorio.

En su artículo publicado en Project Syndicate, Acemoglu, que también tiene raíces turcas y es profesor en el MIT, reflexiona sobre cómo el deporte puede ser un potente vehículo para desafiar tanto las posturas extremas de la derecha, que tienden a rechazar la inmigración y vincularla con la identidad nacional de forma excluyente, como las de la izquierda, que a menudo considera el patriotismo como algo retrógrado o perjudicial. La realidad que se observa en las selecciones nacionales, donde jugadores de diversos orígenes se unen bajo una misma bandera, demuestra que la integración y el orgullo nacional pueden coexistir de forma natural y armónica.

El Mundial, en cada edición, presenta equipos compuestos por futbolistas de múltiples nacionalidades, muchos de los cuales son hijos o nietos de inmigrantes recientes. Este fenómeno despierta un sentido de orgullo colectivo que va más allá de la nacionalidad de cada jugador y que, a su vez, refuerza la idea de que el patriotismo puede y debe incluir a todos los ciudadanos, sin importar su origen. Según Acemoglu, esta realidad desafía las visiones extremas, que tienden a ver la diversidad y el amor por la patria como conceptos incompatibles.

Sin embargo, el economista advierte que en el contexto actual, muchos países industrializados están viendo un aumento en la retórica antiinmigración, lo que ha permeado la política convencional. Conceptos como la Teoría del “Gran Reemplazo” han dejado de ser discusiones marginales y se han integrado en el discurso político habitual, generando preocupación y divisiones en la sociedad. Las encuestas indican que un porcentaje significativo de la población en diversos países europeos apoya la idea de limitar la inmigración, lo que refleja un cambio drástico en la percepción social respecto a la apertura que se observaba una década atrás.

Por otro lado, Acemoglu también critica la postura de ciertos sectores de la izquierda, quienes tienden a presentar una narrativa simplista de opresores y oprimidos. Según él, esta visión polarizada tiene como resultado una demonización sistemática de los países occidentales, al mismo tiempo que se deslegitima el sentimiento patriótico. Esto puede llevar a una falta de reconocimiento de la diversidad que también existe dentro de las sociedades occidentales y que, en muchos casos, enriquece su cultura y cohesión social.

En resumen, el Mundial de Fútbol 2026 no solo es un evento deportivo, sino que, bajo la mirada de Acemoglu, se presenta como una lección sobre cómo la integración social puede desafiar las visiones extremas. Así, la celebración del deporte puede convertirse en un símbolo de unidad, donde la diversidad no se ve como una amenaza, sino como una oportunidad para construir sociedades más inclusivas y fuertes.