La inflación en Argentina continúa en un ascenso que ha sorprendido a analistas y a la propia administración del Gobierno, a pesar de contar con un superávit fiscal, un dólar relativamente estable y un manejo equilibrado de la oferta monetaria. Desde mayo de 2025, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) ha mostrado una tendencia creciente, pasando del 1,5% al 2,9% en febrero de 2026. Aunque el presidente Javier Milei y el ministro de Economía, Luis Caputo, mantienen la esperanza de que el IPC se inicie con un cero en agosto, las proyecciones de analistas sugieren que la realidad podría ser más complicada de lo que se anticipa.

A pesar de las afirmaciones oficiales, las consultoras que participan en el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central de la República Argentina (BCRA) prevén una inflación del 1,5% para agosto. Este pronóstico se ve influenciado por la persistencia de aumentos en los servicios públicos y las fluctuaciones en los precios de ciertos productos, especialmente la carne, que tienden a complicar el descenso del índice general de precios. La estacionalidad de estos factores ha contribuido a una desaceleración en la reducción de la inflación, un aspecto que muchos economistas consideran fundamental para entender el contexto actual.

Las proyecciones para el mes de marzo son igualmente desalentadoras, con estimaciones que apuntan a un IPC alrededor del 3%. Este incremento se ve impulsado, en parte, por el aumento de los combustibles, efecto colateral del conflicto en Medio Oriente. La incertidumbre en torno a la evolución de los precios genera un ambiente de inquietud tanto en consumidores como en inversores, quienes buscan señales claras de estabilidad en la economía.

Analistas como Alejandro Giacoia, de la consultora Econviews, han señalado que la falta de un ancla nominal efectivo está dificultando la contención de la inflación. Durante los primeros meses de la gestión de Milei, la estrategia del crawling peg, que implicaba una devaluación mensual controlada, permitió una reducción considerable del índice inflacionario, que llegó a su pico más alto con 25,5% en diciembre de 2023. Sin embargo, en la actualidad, el dólar, aunque estable, está atrapado en una banda cambiaria que se ajusta según la inflación pasada, lo que ha hecho que deje de cumplir su función de ancla nominal.

Por su parte, el director de la consultora T+1, Juan Manuel Telechea, coincide con Giacoia en que la inercia de los precios sigue siendo un factor clave que impide una disminución más rápida de la inflación. Esta inercia se convierte en un fenómeno crónico, donde los actores económicos ya se han adaptado a un entorno inflacionario. Esto se traduce en paritarias y contratos que tienden a alinearse con incrementos de precios cercanos al 2%, lo que establece un piso para la inflación y dificulta su reducción rápida.

Telechea también advierte que, considerando la inercia y los números actuales, es poco probable que la inflación logre romper la barrera del 1% en agosto. Con un pronóstico más realista, sugiere que podría situarse por debajo del 2%. Las proyecciones para fin de año también sugieren una situación complicada, lo que lleva a muchos economistas a cuestionar las estrategias actuales del Gobierno y su capacidad para enfrentar los desafíos inflacionarios que se avecinan. La falta de claridad en los objetivos del BCRA en cuanto a la política monetaria y la volatilidad de la tasa de interés añaden más incertidumbre a un panorama ya difícil.