Lionel llora y se pregunta cómo seguirá después de la muerte de su padre, Jorge. No duda de que continuará: eso fue lo que aprendió de él, la necesidad de seguir siempre adelante. Sin embargo, admite que todavía no sabe cómo hacerlo. Tal vez encuentre parte de la respuesta en sus hijos, porque perder al propio padre también profundiza la experiencia de ser padre.
Jorge aparece retratado como un hombre común y excepcional al mismo tiempo. Primero creyó en sí mismo y en su capacidad para convertir un sueño en realidad, en una sucesión de anhelos en la que se cruzaron los ideales de las generaciones anteriores y las expectativas proyectadas sobre sus hijos y nietos.
Criado por su padre, un hijo encontró en el fútbol el camino para convertirse en ídolo. Pero detrás de esa precisión sobrehumana para enviar una pelota a un arco también estuvo la figura de un padre que sostuvo, orientó y acompañó. Jorge no será recordado por declaraciones futbolísticas, sociales, políticas, geopolíticas o económicas. Lo que se conoce de su vida se resume en una imagen más sencilla: la de un padre, un hombre de familia y un rosarino desde siempre.
Fue además el negociador sereno de los contratos millonarios de su hijo, el guía de un niño que conoció el esfuerzo antes que los placeres, un gerente exitoso y una pieza decisiva en su carrera profesional. También tuvo responsabilidad en que su hijo, todavía hoy, juegue a la pelota y no solamente al fútbol. El hombre de 39 años que lloraba en una cancha ante la muerte segura de su padre ya atravesaba, en ese momento, el duelo por todo lo que estaba a punto de perder.



