El ritual se ha mantenido a lo largo de los años. Desde el punto de encuentro en Congreso hasta la caminata por la Avenida Libertador, el camino hacia el Monumental siempre ha sido un momento especial. Recuerdo la emoción que sentía, aún siendo un niño de apenas 13 años, mientras conversaba con mi padre, quien no era un ferviente hincha de River, pero compartía conmigo la pasión por el fútbol. Ese 9 de marzo de 1986, a pesar de las circunstancias familiares, el deseo de estar en el estadio era innegable.
River Plate había alcanzado un nivel de juego excepcional en la temporada 1985/86, destacándose como un verdadero titán en el campo. Con un equipo que combinaba habilidad, técnica y un voraz ataque, el conjunto dirigido por Carlos Veira se convirtió en uno de los más recordados de la historia. Enzo Francescoli, con su estilo elegante y su capacidad para influir en cada jugada, se erigió como la figura central de un equipo que deslumbraba a los aficionados.
Al llegar a la platea, la anticipación era palpable. La gente sabía que estaba a punto de presenciar un momento histórico. Con una ventaja de diez puntos sobre su más cercano competidor, Deportivo Español, River se encontraba en la cima de su rendimiento. Aunque Vélez no contaba con muchas motivaciones, había dejado su huella en el pasado al vencer a River en dos ocasiones durante el Nacional ‘85. Sin embargo, esa tarde de marzo, la historia estaba escrita, y la consagración de River Plate se convertía en un recuerdo imborrable en la memoria de quienes estuvimos allí.



