Un Mundial nunca es solamente un Mundial, ni un partido se reduce a los 90 minutos de juego. En la Argentina, incluso quienes no siguen habitualmente el fútbol sienten que cada presentación de la Selección abre un espacio común, capaz de reunir a personas muy distintas alrededor de un mismo ritual.

Durante estos días, las calles se fueron poblando de reuniones familiares, encuentros entre amigos y vecinos, viandas, botellas y sonrisas. La espera por cada partido mundialista convirtió el calendario cotidiano en una sucesión de momentos compartidos, con una alegría que desbordó los límites del deporte y se expresó como una forma singular de celebración colectiva.

El partido ante Inglaterra llevó esa intensidad a un punto todavía más profundo. La historia pareció establecer un puente entre el Inglaterra-Argentina de 1986, protagonizado por Diego Maradona, y el reciente cruce con Lionel Messi. En esa continuidad se mezclaron la memoria, los mitos, la emoción y la expectativa de un país que vivió el encuentro con el corazón a flor de piel.

Para muchos, la posibilidad de una derrota resultaba impensable y difícil de asimilar. No hacía falta ser futbolero ni identificarse especialmente con la vida deportiva para comprender lo que estaba en juego: como ocurre en todo gran ritual, el Mundial volvió a poner en movimiento una alegría colectiva, una sensación de pertenencia y una intensidad que, por difícil de explicar, también forma parte de la identidad argentina.