Gianni Infantino llegó a la presidencia de la FIFA en 2016 con la promesa de impulsar una refundación ética después del impacto del FIFAgate. Sin embargo, a casi una década de aquel desembarco, su conducción es cuestionada por haber reemplazado el discurso de transparencia por una lógica centrada en los negocios y por avanzar, según sus críticos, sin construir consensos entre los principales actores del fútbol internacional.

Uno de los episodios señalados fue el sistema oficial de reventa de entradas implementado durante el último Mundial disputado en Estados Unidos, Canadá y México. En ese esquema, la propia FIFA aplicó una comisión del 15% tanto a los compradores como a los revendedores. El mecanismo terminó elevando aún más el costo de las localidades, que ya tenían precios considerados elevados.

La gestión de Infantino atraviesa así una crisis de representación y gobernanza, pese a respaldos como el del presidente de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia. La opacidad atribuida a la toma de decisiones, especialmente en torno a los calendarios internacionales y la creación de nuevos torneos, profundizó el malestar. Entre los primeros focos de conflicto aparece la saturación del calendario provocada por el nuevo Mundial de Clubes de 32 equipos, una iniciativa que generó resistencia en la UEFA y en organizaciones vinculadas con la defensa de los intereses de los futbolistas.