Durante la infancia y la juventud, el fútbol y el tenis fueron sus deportes preferidos. No se consideraba un atleta destacado, pero disfrutaba hacer actividad física. Sin embargo, alrededor de los 30 años, cuando ya llevaba una vida estable en pareja, fue dejando el deporte hasta instalarse en un sedentarismo que con el tiempo se volvió difícil de revertir.

El año pasado, impulsado por la insistencia de su mujer y por el discurso mediático que suele exaltar los beneficios de un cuerpo entrenado, decidió anotarse en un gimnasio. El intento duró poco, como otros anteriores. Después de cada sesión de una hora, dedicada a levantar peso con brazos y piernas, la única recompensa inmediata era la sensación de bienestar bajo la ducha. Ese alivio posterior no alcanzó para sostener la rutina: las visitas comenzaron a espaciarse hasta que tuvo que reconocer que había abandonado el gimnasio.

Desde entonces, encontró en caminar la única actividad física que disfruta mientras la realiza. Sale durante una hora o una hora y media, sin un destino fijo, por lo general después de la jornada laboral. Ese recorrido no solo beneficia a su cuerpo, sino que también mejora su ánimo y despeja su cabeza. A diferencia del entrenamiento en el gimnasio, la recompensa aparece durante la actividad y no únicamente al terminarla.

Caminar le permite recuperar el contacto directo con la realidad, con las personas y con las cosas que lo rodean. Esa experiencia cotidiana lo lleva a sentirse nuevamente reconciliado con el mundo. Por eso una frase de Gilles Deleuze, leída esta semana en un libro abierto al azar, le produjo un impacto especial: la necesidad de volver a creer en el mundo.