Cada vez me interesan más las librerías de usados. No se trata solamente de encontrar precios convenientes, sino también de recuperar una dimensión editorial que a veces parece relegada: la de las traducciones trabajadas con cuidado. En los últimos tiempos me encontré con novelas cuyas versiones en español resultaban desangeladas, casi elementales, y con modismos que me obligaron a consultar el diccionario porque no encajaban con el español que conozco y escucho en estas tierras.

Hay excepciones, claro, pero identificarlas exige tiempo y atención, dos recursos que no siempre tengo disponibles durante un fin de semana. Por eso, después de salir de algún teatro de la calle Corrientes, suelo entrar en una de las llamadas “librerías de viejo”. Allí puedo encontrar, de manera inesperada, alguna novela clásica y dejarme llevar por el descubrimiento.

Pocas cosas resultan tan disruptivas como una obra imaginada antes de la existencia de la tecnología actual. Me deslumbra la cantidad de objetos y situaciones que pudieron concebir autores que nunca llegaron a conocer un avión ni un cohete rumbo a la Luna. Quien imaginó La vuelta al mundo en 80 días y luego escribió Veinte mil leguas de viaje submarino, sin que existiera todavía una nave capaz de cumplir esa travesía, despierta en mí una profunda admiración. Y hay otro aspecto imperdible: aquellos traductores humanos, estudiosos de los autores y de sus idiomas, que también hicieron posible que esas obras llegaran a nosotros.