Víktor Shklovski. El nombre volvió después de varios días de intentar recordarlo, junto con las clases de Teoría Literaria en la facultad. También regresaron la imagen del profesor Jorge Panesi frente al pizarrón del aula del subsuelo, sus anteojos, su suéter verde con escote en V y las lecturas de los formalistas rusos, Mijaíl Bajtín y Walter Benjamin. Entre esos recuerdos aparece “El arte como artificio”, el apunte de Shklovski que en aquel momento parecía incomprensible. Sin embargo, la lectura persistente también podía ser una forma de entender sin advertirlo.

La memoria de esas clases trae además una incomodidad que sigue presente: la discusión sobre el arte comprometido con la sociedad, el arte entendido como objeto y la idea del arte por el arte. La posición más cercana es esta última, aunque no implique exigirle todo al arte ni dejar de cuestionar al artista. La relación entre una obra y quien la creó aparece, así, como una tensión difícil de resolver.

Un ejemplo es Woody Allen. Aunque está acusado de abuso sexual y se casó con la hija adoptiva de su expareja, la autora sostiene que no dejará de ver sus películas. Menciona Medianoche en París, Annie Hall y Café Society, además de la música, los diálogos extensos y el movimiento constante de sus personajes. También alude a Michael Jackson: no le gustan especialmente sus canciones, pero afirma que no dejaría de escucharlo si le gustaran, pese a las denuncias por abuso infantil. Entre el valor de una obra y la conducta de su autor queda abierta una pregunta que no admite una respuesta sencilla.