En el transcurso de mis recientes vacaciones, tuve la oportunidad de recorrer diversas localidades de La Pampa y la provincia de Buenos Aires. Esta experiencia me permitió observar un fenómeno que, aunque ha estado presente en nuestro sistema educativo durante décadas, no había logrado captar con la profundidad que ahora entiendo. La realidad que se vive en estos pequeños pueblos, que representan el corazón productivo de Argentina, revela la extensión y gravedad de un problema que se manifiesta en todo el país, pero que en estos contextos adquiere particular relevancia.

Tradicionalmente, los edificios escolares en Argentina han sido espacios donde se han expuesto símbolos patrios, figuras históricas y eventos significativos que contribuyen a forjar una identidad nacional común. Durante mi infancia, los elementos visuales que adornaban las aulas y los patios escolares estaban alineados con la idea de construir un sentido de pertenencia y unidad. Sin embargo, a partir de la década de 1970, esta representación se expandió con la inclusión de símbolos provinciales, aunque siempre dentro de un marco que priorizaba la cohesión social y la identidad compartida. En las instituciones educativas privadas, la iconografía religiosa se integraba a esta narrativa, reforzando la idea de comunidad.

Con el tiempo, la aparición de murales en las instalaciones escolares ha transformado este paisaje educativo. Estos murales, que pueden surgir de iniciativas de docentes, directivos o incluso directrices ministeriales, han evolucionado como un medio de expresión que complementa los tradicionales símbolos educativos. Sin embargo, lo que he observado en las últimas décadas es que los temas representados en estos murales responden a narrativas muy específicas. Temáticas como el feminismo, la diversidad, la historia de los pueblos originarios, la memoria sobre los desaparecidos y los crímenes de lesa humanidad son recurrentes, y en menor medida, se hace alusión a la Guerra de Malvinas.

Una característica común entre estas temáticas es que todas se articulan desde una perspectiva de victimización. Las narrativas que abordan injusticias históricas o contemporáneas buscan crear conciencia sobre los sufrimientos padecidos por ciertos grupos, enfatizando la necesidad de reparación y justicia. A excepción del caso de Malvinas, que se presenta como un símbolo de unidad nacional, las otras temáticas tienden a fragmentar la identidad, formando conexiones solo con aquellos que se identifican como parte de las víctimas. Esto genera un contexto donde el victimismo y la diferenciación se entrelazan de manera compleja.

La pregunta que surge a partir de estas observaciones es cuál es el impacto real que tienen estos símbolos en los estudiantes. ¿Contribuyen a una formación integral o simplemente se convierten en un elemento superficial dentro de un sistema educativo que atraviesa una crisis? Es fundamental hacer una distinción entre el concepto de víctima y el de victimismo. La víctima es aquella persona o colectivo que ha sido perjudicado, ya sea por incapacidad del entorno social para ofrecer protección o por sacrificios realizados en favor de la comunidad. Este perfil de víctima se considera sagrado, ya que no puede ser manipulado ni utilizado para otros fines, lo que plantea interrogantes sobre la validez de su representación en el ámbito educativo.

La forma en que los jóvenes perciben estos símbolos puede influir en su comprensión de la historia y en su construcción de identidad. El riesgo de fomentar una mentalidad de víctima puede llevar a una falta de responsabilidad colectiva y a una visión distorsionada de la realidad social. Por lo tanto, es crucial reflexionar sobre cómo estas narrativas impactan en la formación de ciudadanos críticos y comprometidos, capaces de contribuir a una sociedad más justa y equitativa.

En conclusión, el abordaje del victimismo en la educación argentina, especialmente a través de murales y símbolos en las escuelas, requiere un análisis profundo y reflexivo. Es necesario que la comunidad educativa, incluidos docentes, padres y estudiantes, participen en un diálogo sobre la relevancia de estas temáticas y su posible efecto en el desarrollo de una identidad colectiva saludable y constructiva. La educación debe ser un espacio para la inclusión y el aprendizaje, donde la historia y la memoria se aborden con sensibilidad, pero también con una mirada crítica.