La juventud, en su esencia, es un camino repleto de incertidumbres y búsquedas. Entre amigos, modas, ideales y sonidos, los adolescentes de 1988 se hallaban inmersos en una travesía singular. En aquel momento, con apenas trece años y cursando el segundo año de la Escuela Nacional en Colón, una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires, nos encontrábamos en una etapa de descubrimiento y reflexión. La democracia en Argentina era un fenómeno reciente, y en las aulas se discutían ideas mientras, en los recreos, intentábamos recuperar un sentido de pertenencia que había sido cercenado por la dictadura. Los ecos de los años oscuros aún resonaban en nuestra memoria, convirtiendo la historia en una experiencia inmediata, palpable.
La búsqueda de la identidad juvenil era un proceso que se manifestaba en diversas formas. En una tarde cualquiera, en la casa de Mariano Mortara, amigo de la escuela, surgió un hallazgo que cambiaría nuestra percepción del mundo. Un casete titulado "Un baión para el ojo idiota" llegó a nuestras manos, traído por Mariano, quien, siendo el menor de cuatro hermanos, se convertía en el portador de las novedades culturales que sus hermanos traían de Buenos Aires. Cada disco, cada libro, cada historia que compartían era como un espejo que reflejaba nuestras inquietudes y aspiraciones. Esa música, con su carácter crudo y visceral, nos conectaba con una realidad que aún estábamos aprendiendo a desentrañar.
"Un baión para el ojo idiota" se transformó en nuestra banda sonora. Lo llevábamos a todos lados: al gimnasio, en encuentros con amigos y durante las mateadas. En la radio local, Los Redondos aún no eran parte de nuestra cotidianidad, y en las disquerías, sus álbumes permanecían inalcanzables. Sin embargo, un amigo, Matías López, que se autodenominaba un ricotero empedernido, me hizo reflexionar sobre la naturaleza de la música: "El blues es una música que viaja". Su afirmación resonaba con fuerza, pues no solo se refería al género musical, sino a la capacidad de la música de trasladarnos a otros lugares y momentos, de hacer palpable lo que sentíamos, de conectarnos con nuestra esencia.
Los sábados por la noche en Colón eran un ritual que se repetía con devoción. Antes de desplazarnos hacia Onda Verde, la discoteca local, hacíamos una parada obligatoria en la terminal de ómnibus, ubicada en el centro de la ciudad. Allí, entre las galerías, los fotógrafos exhibían retratos de celebraciones familiares, mientras nosotros nos sumergíamos en las charlas sobre los movimientos sociales y nos burlábamos de los atuendos extravagantes que veíamos. Las disquerías, Mastership y La Guitarrita, eran paradas ineludibles donde nos empapábamos de la cultura musical. Observábamos las portadas de los discos, leíamos los créditos y anotábamos mentalmente nombres que se convertirían en parte de nuestra historia personal.
El inicio de nuestros primeros asaltos musicales en patios y garages se entrelazaba con el descubrimiento de nuevas afinidades. Las canciones empezaban a definir grupos y la construcción de pequeñas identidades. Recordamos haber bailado “Tirá para arriba” y “Nada personal” en un viaje de estudios a Carlos Paz en 1986, pero esos acordes ahora resonaban con una fuerza renovada, impregnando nuestras vidas de un sentido de pertenencia. Era como si, a través de la música, estuviéramos trazando un mapa de nuestra juventud, uno que reflejaba tanto el contexto social como nuestras aspiraciones individuales.
Así, en este camino de descubrimiento, la música de Los Redondos y la experiencia de crecer en una Argentina marcada por la hiperinflación y los saqueos se entrelazaban. La memoria de esos años se convierte en un testimonio de una generación que, a pesar de las adversidades, encontró en la música un refugio, un medio de resistencia y un espacio para la expresión de sus ansias y sueños. La búsqueda de identidad, de comunidad y de sentido se consolidaba a través de cada acorde, cada letra, cada encuentro. En definitiva, aquellos tiempos forjaron un legado cultural que aún resuena en la memoria colectiva y que sigue siendo un referente para las nuevas generaciones.


