En la ciudad suiza de Ginebra, se aproxima un momento significativo: se cumplen 40 años de la muerte de uno de los más grandes escritores de la literatura argentina y universal, Jorge Luis Borges. Sin embargo, el cementerio de Plainpalais, donde descansan sus restos, permanece cerrado debido a la celebración de la cumbre del G7 en la cercana Evian, lo que ha llevado a un despliegue de medidas de seguridad y restricciones en la ciudad. Esta coincidencia ha generado una atmósfera de contrastes, donde la solemnidad de la conmemoración se encuentra opacada por los eventos políticos internacionales.

En el marco de esta conmemoración, se ha organizado un recorrido por los lugares que marcaron la vida de Borges en Ginebra, liderado por Marcos Liyo, presidente de la asociación "Los conjurados". Este recorrido se realiza en compañía de Alejandro Vaccaro, biógrafo del autor, y Alejandro Roemmers, un empresario apasionado por la literatura que posee una vasta colección de objetos relacionados con Borges. La cita se convierte en una oportunidad para revivir la conexión del escritor con esta ciudad, donde vivió durante su adolescencia, entre 1914 y 1918, un período que marcó su formación y desarrollo intelectual.

El recorrido inicia en una calle con vistas a las cúpulas doradas de la Iglesia Ortodoxa rusa, un punto donde Liyo comparte fragmentos de la poesía de Borges. En particular, destaca un verso que resuena con la melancolía de la memoria: "Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo". Esta línea, escrita por Borges en 1984, parece anticipar su destino en la ciudad que lo acogió durante su juventud, un hecho que no deja de impresionar a los presentes.

La historia de la familia Borges en Ginebra es fascinante y revela detalles poco conocidos. Según relatos del propio Borges, sus padres decidieron mudarse a esta ciudad para ofrecer a él y a su hermana Norah la posibilidad de una educación de calidad. Además, el padre de Borges, que enfrentaba problemas de visión, buscaba atención médica de un renombrado oculista local. Sin embargo, su llegada coincidió con el estallido de la Primera Guerra Mundial, un evento que alteraría sus planes y los de muchos otros en Europa. La familia llegó una noche lluviosa, buscando refugio y un nuevo comienzo.

Mientras el grupo avanza por las calles de Ginebra, la guía destaca la anécdota de cómo la numeración de las calles ha cambiado con el tiempo, lo que añade un toque de nostalgia a la experiencia. La primera parada significativa es el antiguo colegio Jean Calvin, donde Borges asistió a clases. Este lugar evoca imágenes de un joven Borges, rodeado de libros y conocimientos, moldeando su futuro literario. Vaccaro muestra con orgullo las calificaciones del autor, un recordatorio de que incluso los grandes escritores fueron, en algún momento, estudiantes en busca de su camino.

Este homenaje a Borges no solo se limita a la historia de su infancia en Ginebra, sino que también invita a reflexionar sobre su legado literario y su influencia en la cultura contemporánea. La ciudad, que lo vio crecer, es ahora escenario de un tributo que busca mantener viva la memoria del autor. La conexión entre Borges y Ginebra se torna palpable, uniendo el pasado con el presente en un homenaje que trasciende las fronteras del tiempo. En un contexto mundial marcado por tensiones políticas, recordar a Borges se convierte en una forma de celebrar la paz y la búsqueda del conocimiento, valores que él siempre promovió a través de su obra.