En “El asesino”, cuento publicado en 1952 dentro del libro Las doradas manzanas del sol, Ray Bradbury imaginó a Albert Brock, un hombre internado en un psiquiátrico porque ya no soporta la sucesión permanente de alertas que interrumpen su vida. Para los lectores de 2026, el motivo de su crisis puede parecer casi ingenuo: Brock no tolera el televisor, la radio, las llamadas telefónicas ni las notificaciones de su reloj pulsera.
La tecnología que hoy ocupa cada momento del día excede, sin embargo, aquella anticipación literaria. Los grupos de WhatsApp, los mensajes de Instagram, los comentarios en X, TikTok y las aplicaciones de salud que indican cuándo hay que moverse forman parte de una red constante de avisos y estímulos. A eso se suma el doomscrolling, la práctica de desplazarse sin fin por contenidos que, en lugar de informar o entretener, terminan agotando la atención.
El título del relato alude al episodio que llevó a Brock a la internación. En un momento límite, el personaje compra una pistola y dispara contra el televisor y unos intercomunicadores domésticos que le hablan dentro de la casa, dispositivos semejantes a los asistentes virtuales actuales, como Alexa.
La desesperación de Brock también aparece durante el viaje de regreso del trabajo. En el ómnibus, la música clásica que transmiten le resulta insoportable porque lo único que desea es un poco de silencio. El personaje de Bradbury vive así rodeado de artefactos que reclaman su atención a cada instante, una situación que, leída desde el presente, ya no parece una fantasía tan lejana sino una versión todavía limitada del cansancio digital cotidiano.



