Un joven ejecutivo de una empresa multinacional empezó a viajar al exterior con frecuencia por motivos laborales. Pasaba dos semanas de cada mes fuera de la Argentina y, durante los primeros tiempos de esa rutina, solía abandonar los hoteles dejando la habitación desordenada. Sabía que el personal pasaría poco después para limpiarla, pero con el tiempo advirtió que su conducta implicaba una carga adicional para quienes realizaban esa tarea y podía hacer más lento el trabajo.

En su casa le habían inculcado un respeto especial por el personal de servicio, y entendió que dejar todo tirado contrariaba ese aprendizaje. A partir de entonces, antes de salir de la habitación se ocupaba de varias tareas: colgaba las toallas, como señal de que no era necesario reemplazarlas; guardaba la ropa y los zapatos; doblaba el pijama; acomodaba los papeles; y cerraba los cajones y los placares.

Una mañana, un colega llamó a su puerta para bajar juntos y lo encontró concentrado en ese orden. Sorprendido, le preguntó por qué lo hacía. El ejecutivo le explicó que no quería sumar trabajo innecesario al personal del hotel. La respuesta fue inmediata: “Vos estás loco. Eso es parte del servicio que presta el hotel. Para eso pagamos”.

Tiempo después, ambos volvieron a coincidir en otro viaje. Durante el desayuno, el colega retomó aquella conversación y admitió que se había quedado pensando en el asunto. Con una sonrisa, le confesó: “Hoy, casi que no hace falta que pasen a hacer mi habitación”.