La exploración de los hábitos alimentarios en Europa va más allá de lo que se puede considerar simple costumbre gastronómica. Estos hábitos, en realidad, revelan importantes tensiones sociales, diferencias regionales y la influencia de una historia cultural rica y compleja. Alessandro Barbero, en su libro "¿Cuándo se come aquí?", argumenta que los horarios de las comidas han funcionado como indicadores sociales significativos desde el siglo XVIII, reflejando el contexto y las dinámicas de poder de la época.

En Europa, la rigidez de los horarios de comida y cena se consolidó a partir del movimiento del iluminismo, donde la flexibilidad de comer “cuando se tenga hambre” dejó de ser una opción válida. Esta transformación marcó un cambio en la forma en que las sociedades se organizaban y se comunicaban, convirtiendo las comidas en rituales sociales que trascienden lo meramente alimentario. Barbero enfatiza que esta normatización alimentaria no solo se relaciona con la cultura gastronómica, sino también con la estructura de clases y los cambios sociales que se vivieron en el continente.

Un aspecto interesante que se destaca en el análisis de Barbero es la manera en que los horarios de comidas en el Reino Unido y Francia, especialmente durante los siglos XVIII y XIX, reflejan las distancias existentes entre las diferentes clases sociales. El autor utiliza fuentes inusuales, como cartas familiares y manuales de conversación, para ilustrar cómo estas diferencias horarias no eran meras anécdotas, sino verdaderos reflejos de las divisiones socioeconómicas de la época. Por ejemplo, un manual de alemán de 1856 menciona que “almorzamos a las cuatro”, lo que puede resultar desconcertante para los visitantes contemporáneos y ofrece una perspectiva histórica fascinante.

La atención al detalle en los hábitos alimentarios le da al ensayo de Barbero un enfoque de microhistoria, que se centra en lo cotidiano para entender transformaciones sociales más amplias. Este enfoque, que se popularizó en Italia en los años setenta gracias a referentes como Carlo Ginzburg y Giovanni Levi, permite analizar cómo pequeños cambios en las costumbres diarias pueden reflejar grandes saltos en la estructura social. Un ejemplo notable que Barbero incluye es un poema satírico de Jonathan Swift, donde un personaje se ve obligado a adoptar “horarios plebeyos” por amor, lo que subraya el impacto emocional que estos cambios pueden tener en la vida de las personas.

Además de los horarios, Barbero también examina la opulencia de las cenas en las mesas de las élites, que a menudo incluían múltiples tipos de carne. En contraposición, se citan preferencias más austeras, como las de Carlo Goldoni, quien optaba por un final del día más modesto con “dos bombones y una copa de vino aguado”. Esta diversidad en los hábitos culinarios no solo es un reflejo de los recursos disponibles, sino que también pone de manifiesto las elecciones culturales y las identidades que se construyen a través de la comida.

El autor también se adentra en el lenguaje utilizado por las clases altas, donde el “idioma internacional” de estas élites ha influido en términos relacionados con las comidas en Francia, como déjeuner y dîner. A medida que las costumbres de las clases dominantes cambiaban, también lo hacían los significados y usos de estas palabras. Cada modificación en los horarios de las comidas no solo implicaba un ajuste en la rutina diaria, sino que también representaba un nuevo pacto social y semántico entre las diferentes clases de la sociedad.

Aunque Barbero también toca brevemente la historia de la comida en contextos como el de la Rusia zarista, Italia y Alemania, su análisis deja de lado la Península Ibérica. Esta omisión sugiere la necesidad de un estudio más profundo sobre la diversidad de horarios y nombres en los países hispanohablantes. La distinción entre términos como “comer” en Argentina y otros países de habla hispana es un área que merece una atención especial, ya que cada cultura tiene su propia forma de entender y organizar las comidas en función de su historia y costumbres.