Hace unas semanas empecé yoga. Desde que supe de su existencia me atrae la idea de practicarlo: hay algo en las personas que hacen yoga que no termino de comprender. Tal vez la pasan mejor o entienden algo que a mí todavía se me escapa. Este es mi cuarto intento.
La primera vez fue en un departamento de la calle Bulnes. Hacía el saludo al sol con poca habilidad y me pedían que me parara de cabeza. Duré tres clases. Del segundo lugar no recuerdo la dirección, pero sí que fui una sola vez: a mi cuerpo todavía le faltaba dominio para ejecutar las posturas de la rutina. El tercero quedaba sobre la calle Las Heras y tenía un salón a 42 grados. Fue el que más me gustó, aunque el calor húmedo, el sofoco y el ardor que sentía en el pecho, en la mente y en los pies terminaron por obligarme a parar. No estaba lista.
Ahora practico yin yoga en un primer piso de la calle Austria. Es una disciplina sutil. La propuesta consiste en adoptar posturas que no son especialmente complicadas, destinadas a estirar el cuerpo, y permanecer en ellas durante tres minutos. Sentarse sobre el mat, estirar la pierna derecha y abrirla hacia la ventana; doblar la izquierda para apoyar el pie en el muslo; inclinar el cuerpo hacia adelante y quedarse allí. Arrodillarse, sentarse sobre los talones, llevar las manos a los muslos y sostener la postura durante otros tres minutos.
Mientras tanto, la respiración acompaña el ejercicio: inhalar por la nariz durante cuatro segundos y luego continuar con la práctica. En este cuarto intento no hay paradas de cabeza ni temperaturas extremas. Por ahora, se trata de permanecer.



