El pollo de montaña, a pesar de su nombre, no es ni un ave ni un ave de corral, sino una de las ranas más grandes del Caribe. Conocido científicamente como Leptodactylus fallax, este anfibio puede alcanzar longitudes de hasta 20 centímetros y pesar más de un kilogramo, destacándose por su robustez y su color marrón moteado que lo hace fácilmente identificable en su hábitat.
Originario de Dominica y Montserrat, el pollo de montaña ha sido valorado en la gastronomía local, aunque hoy enfrenta serias amenazas. Recientes estudios científicos han secuenciado su genoma mitocondrial, revelando su singularidad genética y subrayando la necesidad de conservación. Un equipo internacional de genetistas ha trabajado en esta investigación, que no solo documenta la biología de la especie, sino que también ofrece herramientas para su protección frente a los riesgos ambientales que enfrenta.
Las poblaciones de pollo de montaña se han visto drásticamente reducidas, limitándose a pequeños sectores de las islas donde habita. Su supervivencia está estrechamente ligada a ecosistemas húmedos y con vegetación densa, que son esenciales para su reproducción y desarrollo. Sin embargo, la pérdida de hábitat y la propagación de enfermedades como la quitridiomicosis, causada por el hongo Batrachochytrium dendrobatidis, están poniendo en grave peligro a esta especie, que ahora requiere esfuerzos urgentes para su conservación.



