La reciente edición del ciclo "50 años de lecturas y escrituras en Argentina" dejó entrever un intenso debate en torno a la influencia del estallido social de diciembre de 2001 en la literatura y la política contemporánea. En la última media hora de la Mesa III, el novelista Martín Kohan planteó una afirmación provocadora que resonó en el auditorio: la consigna "que se vayan todos", emblemática de aquella crisis, no representó un grito de liberación, sino que ha sido el origen de una serie de desgracias políticas que hoy aún nos afectan. Según Kohan, esta consigna, que muchos consideran un símbolo de resistencia, ha conducido a la llegada de figuras políticas como Javier Milei y Mauricio Macri, lo que generó un clima de tensión en el debate que se desarrollaba ante un público expectante.
En contraste con la postura de Kohan, la escritora Elsa Drucaroff defendió la idea de que el año 2001 fue un momento que movilizó a la cultura y el arte argentino. Drucaroff argumentó que la crisis social de aquel entonces no solo trajo consigo problemas, sino que también significó una efervescencia creativa. Su intervención puso de manifiesto las diferentes maneras en que los escritores y artistas han interpretado el legado de un período crítico y su impacto en la producción cultural del país.
La mesa, moderada por Patricia Kolesnicov, editora de la sección Cultura de un medio destacado, reunió a destacadas figuras de la literatura argentina, como Carlos Gamerro y Gloria Peirano. Durante la conversación, surgió una pregunta clave: ¿se reconocen como autores de los años noventa? Peirano, quien no había publicado su primer libro en esa década, reflexionó sobre cómo su formación fue influenciada por el regreso de profesores que habían estado exiliados, lo que dio lugar a una experiencia académica rica y diversa. Sin embargo, también mencionó las frustraciones que enfrentó en su camino como escritora.
Kohan, por su parte, llevó la discusión hacia el ámbito político, sugiriendo que la literatura de los años noventa estaba intrínsecamente relacionada con el clima social de la época, marcado por el menemismo. Para él, el ambiente festivo que se vivía en ese momento era en realidad un reflejo de una derrota social más profunda, donde el festejo se entrelazaba con la celebración de una realidad que muchos preferían ignorar. "No se podía festejar sin que existiera una derrota", sostuvo, resaltando que, incluso en las crisis, siempre hay quienes se benefician de la situación.
La crítica a la posmodernidad también fue un tema central en la conversación. Kohan sugirió que el escepticismo cínico que marcó la posmodernidad estaba directamente relacionado con el contexto político de los años noventa. Esta crítica a la falta de valores y fundamentos en la sociedad contemporánea invita a reflexionar sobre el papel que juega la literatura en la resistencia a estos vientos de cambio. En este sentido, Kohan afirmó que, a pesar de las adversidades, existió un sector de la literatura que intentó resistir a través de la recuperación de valores que parecían perdidos.
El debate culminó en un análisis más amplio sobre cómo las experiencias del pasado moldean la realidad actual. A medida que los participantes reflexionaban sobre el impacto duradero de la crisis de 2001, quedó claro que la literatura no solo actúa como un espejo de la sociedad, sino que también puede ser una herramienta de cambio. Estos escritores no solo están narrando historias, sino que también están contribuyendo a la construcción de una memoria colectiva que busca entender y, quizás, corregir los errores del pasado. En medio de las tensiones políticas actuales, la discusión sobre el legado del 2001 cobra una nueva relevancia, invitando a la sociedad a repensar su camino hacia el futuro.



