Hay quienes expresan su afecto a través de lo que preparan y comparten. Mariana Achaval puede ofrecer una sopa especiada, un vino elegido con atención o varias plantas que cuidó durante días. En la última cena, cada una de las invitadas se llevó una de esas plantas. La mía me acompaña ahora, mientras escribo.
Conozco a Mariana desde los años 80, cuando compartíamos el aula del secundario, entre guardapolvos blancos y penurias adolescentes. Desde hace algunos años, varias amigas de aquella época y de aquella escuela nos reunimos cada tanto en nuestras casas. El viernes pasado fue el turno de Mariana. Como en otras oportunidades, la anfitriona volvió a poner en juego su talento y su inquietud: se formó como sommelier, condujo proyectos gastronómicos y actualmente incursiona en las artes visuales.
En una cena anterior había reparado en un gesto de sus manos mientras explicaba algo relacionado con la cocina. Había en ese movimiento calidez, sustancia y una precisión difíciles de definir. El viernes, mientras contaba cómo había logrado enraizar las plantas que luego nos llevaríamos, repitió el gesto. Entonces lo entendí: además de su creatividad y de su capacidad para sostener emprendimientos, Mariana tiene el don del cuidado.
Se habla mucho de los cuidados y de la necesidad de políticas que los contemplen. También se señala la dimensión laboral, desbordante e invisibilizada, que implican. Está bien que así sea. Pero el cuidado también puede aparecer en gestos cotidianos: una comida, una botella escogida con dedicación, una planta atendida durante días o unas manos que explican cómo hacer que algo eche raíces.



