A lo largo de la historia, las mujeres han sido las bases ocultas que sostienen el mundo. Con fuerza, belleza y en muchos casos en el silencio, han contribuido a la construcción de sociedades, a menudo sin recibir el reconocimiento que merecen. Al igual que las cariátides de la antigua Grecia, han mantenido en pie estructuras fundamentales como familias, instituciones educativas y economías enteras.

Las cariátides, que representan a las mujeres de Cariá, una región del suroeste de Asia Menor, son un símbolo del sacrificio y la resistencia femenina. Estas figuras no solo eran columnas arquitectónicas, sino que también cuentan una historia de opresión y fuerza. Convertidas en esclavas tras una invasión, llevaban sobre sus hombros el peso de la arquitectura, reflejando cómo el papel de la mujer ha sido históricamente asociado al sostén y el cuidado, mientras se les negaba la voz y el liderazgo.

En el contexto actual, esas realidades se manifiestan en formas diversas: desde la feminización de la pobreza hasta la desigualdad educativa. De acuerdo a datos de ONU Mujeres, las mujeres realizan alrededor del 76% del trabajo no remunerado de cuidado en el mundo, una labor esencial que es sistemáticamente ignorada y desvalorizada. A pesar de su predominio en el ámbito educativo, siguen subrepresentadas en posiciones de poder y toma de decisiones. Esto plantea un desafío crucial: transformar la educación en un verdadero motor de justicia social y equidad de género, más allá de simplemente garantizar el acceso a las niñas.