Leith Ross, una artista originaria de Canadá, ha emprendido una travesía radical al decidir vivir un año entero sin exponer su vida a las pantallas. Esta iniciativa surge de una profunda reflexión sobre el impacto negativo que la tecnología ha tenido en su bienestar, así como de un deseo palpable de reconectar con experiencias más auténticas. La saturación provocada por el uso constante de dispositivos electrónicos la llevó a tomar esta decisión, que comenzó el 6 de enero de 2026, buscando recuperar el control sobre su tiempo y su atención.

La artista ha compartido su experiencia en diálogo con medios especializados, revelando cómo su relación con la tecnología se había vuelto problemática. Ross expresó que había llegado a sentir una adicción a los dispositivos, acompañada de ansiedad física y emocional en situaciones en las que no podía acceder a ellos. Este sentimiento se intensificó hasta convertirse en una especie de necesidad compulsiva, lo que la llevó a reflexionar sobre su conexión con la música y las artes, que habían quedado relegadas en su vida cotidiana.

Un momento clave en esta decisión radical ocurrió cuando, después de un episodio en el que se quedó sin teléfono y televisión, se sentó a componer una canción. Este acto creativo le permitió reconocer cuánto tiempo había perdido y cuántas obras no había creado por no permitirse experimentar el aburrimiento y la desconexión. A partir de ese instante, Ross se dio cuenta de que debía cambiar su relación con la tecnología y, en consecuencia, su vida. Su intento inicial de reducir gradualmente el uso de pantallas no dio resultado, lo que la llevó a optar por un corte total.

Para estructurar su desafío, Ross elaboró un documento de siete páginas con directrices claras sobre lo que está permitido y lo que no. Se prohibió el uso de teléfonos inteligentes, televisión, computadoras y consolas de videojuegos, aunque estableció algunas excepciones limitadas para gestiones indispensables, como la reserva de vuelos, que puede realizar utilizando computadoras de bibliotecas. Las videollamadas familiares están permitidas, pero solo a través del dispositivo de su pareja o amistades, y bajo supervisión. Esta estrategia tiene como objetivo reducir el acceso espontáneo a las pantallas, permitiendo únicamente usos puntuales y necesarios.

A pesar de las restricciones, Ross continúa compartiendo su proceso creativo a través de YouTube, aunque lo hace de manera diferente. Utiliza una videocámara para grabar su contenido y ha delegado en otra persona la tarea de subirlo a la plataforma. Desde el inicio de su año sin pantallas, ha publicado dos actualizaciones, compartiendo no solo su experiencia personal, sino también detalles de su gira europea a través de videoblogs y otros contenidos.

La vida sin pantallas ha generado un impacto significativo en la rutina diaria de Ross, quien ha notado un cambio en su percepción del tiempo y de los momentos que vive. Antes de embarcarse en este desafío, su relación con la tecnología estaba marcada por la compulsión y la ansiedad. Recordó que, en noches difíciles, solía sumergirse en TikTok hasta altas horas de la madrugada, utilizando la plataforma como un escape. Sin embargo, durante este año, ha aprendido a estar más presente en cada momento, incluso después de sus conciertos, cuando ya no puede consultar redes sociales para conocer las opiniones sobre su actuación. Esta experiencia la ha llevado a aceptar la imperfección y a valorar el tiempo que ahora dedica a su verdadera pasión: la música.

El proceso de desconexión ha permitido a Ross explorar su creatividad de una manera más profunda y consciente, generando un espacio para el crecimiento personal y artístico. En un mundo donde la tecnología tiende a dominar nuestras vidas, su decisión resuena como un llamado a la reflexión sobre cómo nos relacionamos con los dispositivos y qué cosas valiosas podrían estar en juego si no tomamos un momento para desconectar y reconectar con nosotros mismos y con los demás.