En un contexto donde el acceso a la información ha cambiado drásticamente en las últimas tres décadas, resulta casi surrealista recordar que, en un pasado no tan lejano, la búsqueda de datos requería largas horas de investigación en bibliotecas, a menudo con resultados inciertos. Este proceso, que ahora parece casi arcaico, implicaba un esfuerzo considerable para encontrar fuentes confiables. Para las nuevas generaciones, que han crecido en la era digital, donde la información está al alcance de un clic, la realidad de aquellos tiempos es difícil de imaginar. Un ejemplo ilustrativo es la curiosa pregunta de mi hijo menor acerca de la existencia de aceitunas en mi infancia, lo que refleja cómo los jóvenes pueden percibir el pasado como un mundo completamente diferente, incluso en aspectos cotidianos.

Este cambio en la disponibilidad de la información ha transformado radicalmente los paradigmas de investigación e innovación. Mientras que antes el mayor desafío era la obtención de datos, en la actualidad la preocupación radica en cómo validar, organizar e interpretar esta avalancha de información para convertirla en conocimiento práctico y aplicable. Es aquí donde cobra relevancia la inteligencia estratégica, que juega un papel crucial en la gestión de la innovación, buscando dar sentido y dirección a los datos disponibles.

El científico, el empresario, el inversor, el Estado y la academia tienen visiones distintas sobre el mismo fenómeno. Mientras que el científico se sumerge en la complejidad del problema, el empresario se enfoca en las demandas del mercado, el inversor evalúa riesgos y el Estado considera el impacto social. En medio de estas diversas perspectivas se encuentra la vinculación tecnológica, que durante años fue vista como una actividad casi altruista, pero que en realidad representa una disciplina profesional esencial. Los vinculadores tecnológicos actúan como intermediarios, facilitando la comunicación entre el ámbito científico y el sector empresarial.

La visión de Jorge Sábato sobre la interrelación entre el Estado, el sistema científico-tecnológico y el sector productivo sigue siendo relevante. Su modelo, que se conmemora cada 4 de junio en el Día Nacional de la Vinculación Tecnológica, subraya la importancia de la colaboración para el desarrollo. Sábato nos enseñó que el progreso no se logra en aislamiento, sino a través de la articulación efectiva de estos tres sectores, creando un ecosistema que fomente la innovación y el avance tecnológico.

En la actualidad, es evidente que el modelo de Sábato ha evolucionado y que la gestión de la innovación ha pasado por un proceso de modernización, adaptándose a nuevos estándares internacionales, como los de la familia ISO 56000. Este cambio refleja una necesidad de adoptar enfoques más sistemáticos y basados en evidencia, donde el voluntarismo ya no resulta suficiente. Se requieren procesos estructurados que permitan la colaboración entre diferentes actores, en pos de generar un impacto positivo en la sociedad a través de decisiones bien fundamentadas.

La noción de "innovar" trasciende la mera creación de nuevos productos o servicios; implica una responsabilidad ética y humana en la generación y redistribución del valor. Por ende, la colaboración entre el sector público y privado debe ser considerada una política estatal integral y profesional. Una política científica que aspire a la madurez debe garantizar la libertad total para la investigación básica, que es esencial para expandir las fronteras del conocimiento y, en última instancia, contribuir al bienestar social.