La incertidumbre sobre el futuro puede resultar angustiante, pero la certeza tampoco siempre ofrece alivio. Las noticias de estos días volvieron a poner en discusión la posibilidad de una extinción de la humanidad, un escenario tan extremo que evoca los peores momentos de la Guerra Fría y la amenaza latente de una guerra nuclear. Para quienes son más impresionables, se trata de una perspectiva difícil de soportar, apenas compensada por la esperanza y por el instinto de supervivencia.
El eventual descontrol letal de la inteligencia artificial ocupa buena parte de la agenda por su impacto, su novedad y el desconocimiento sobre su verdadero potencial destructivo. Sin embargo, no constituye el único elemento de un problema más amplio. La discusión está atravesada por intereses económicos, geopolíticos y electorales, mientras que el aumento de las guerras podría potenciar los riesgos asociados a estas tecnologías. Al mismo tiempo, esa tensión puede funcionar como un factor de disuasión.
En ese contexto, surge una pregunta inevitable: si existe un Tratado de No Proliferación Nuclear, ¿por qué no pensar en un pacto que limite la proliferación irresponsable de la inteligencia artificial? La comparación remite a Hiroshima y Nagasaki, hechos que, pese a su gravedad histórica, pueden parecer lejanos en el tiempo y el espacio. Pero la distancia no debería convertirse en una excusa para postergar las decisiones. Nunca es demasiado temprano para discutir los límites. Lo que sí puede ocurrir es que, cuando llegue el momento de actuar, ya sea demasiado tarde. El futuro, finalmente, siempre llega inmediatamente después del presente.



