En la actualidad, el uso de celulares y redes sociales en el ámbito escolar ha desencadenado un debate que va más allá de la mera prohibición o autorización de su uso. Un reciente informe ejecutivo de MAPEA, junto a un encuentro organizado por Tramared, ha puesto de manifiesto una problemática que involucra no solo a los estudiantes, sino también a docentes, familias y toda la comunidad educativa. Con más de la mitad de los alumnos argentinos distrayéndose con dispositivos digitales en clase, se hace evidente que las soluciones deben ser más profundas y abarcadoras, considerando el contexto pedagógico, cultural y político en el que se desarrolla la educación actual.
La presencia de los celulares en el entorno escolar se ha normalizado en un corto período de tiempo. Estos dispositivos están presentes en los bolsillos y mochilas de los estudiantes, durante los recreos, y se integran en las actividades escolares a través de grupos de WhatsApp y redes sociales. Este fenómeno ha cambiado la dinámica de aprendizaje, planteando una pregunta fundamental: ¿quién se encarga de regular su uso y con qué objetivos pedagógicos? La respuesta a esta interrogante es crucial para el desarrollo de un marco normativo que permita una convivencia armoniosa entre la tecnología y la educación.
El evento del 23 de junio, que reunió a expertos en la intersección de la educación y la tecnología, sirvió para debatir sobre los hallazgos del informe de MAPEA. Entre los participantes se encontraban figuras reconocidas como Alejandro Artopoulos, sociólogo y académico especializado en estudios digitales, y Emiliano Pereiro, responsable de Pensamiento Computacional en Ceibal, Uruguay. Estos especialistas analizaron los datos que revelan una alarmante tendencia en las aulas argentinas: según el informe PISA 2022, el 54% de los estudiantes de 15 años se distraen con dispositivos digitales durante las clases, y un 46% se ve afectado por las distracciones de sus compañeros.
Este fenómeno no solo afecta a quienes hacen uso del celular, sino que tiene un impacto significativo en el ambiente general del aula y en la capacidad de atención colectiva. Las condiciones necesarias para un aprendizaje efectivo se ven amenazadas, lo que recalca la urgencia de abordar el problema desde una perspectiva integral que contemple la participación de docentes, estudiantes y familias. La simple prohibición de los dispositivos no es suficiente; se requiere un enfoque colaborativo para establecer normas claras y efectivas sobre el uso de la tecnología en las aulas.
A nivel global, la preocupación por el uso problemático de redes sociales también ha ido en aumento. Un estudio de la OMS, analizado por la OCDE, indica que entre 2017 y 2022, el uso problemático de estas plataformas creció un 49% en 44 países y regiones. Asimismo, el ciberacoso se ha incrementado considerablemente, con una subida del 26% en la victimización y del 25% en la perpetración. Este aumento tiene un impacto especialmente alarmante en las niñas, donde la brecha de género en el uso problemático de redes sociales ha pasado de 1,5 a 5 puntos porcentuales en solo cuatro años.
Estos datos ponen de relieve la necesidad urgente de regular el uso de celulares y redes sociales en el contexto educativo. La cuestión de cómo gobernar esta presencia digital se ha convertido en un tema central en la agenda de políticas públicas. Las instituciones educativas deben desarrollar estrategias que no solo prohíban, sino que también eduquen sobre el uso responsable y saludable de la tecnología, promoviendo un ambiente de aprendizaje más productivo y menos distractor. La construcción de una gobernanza digital efectiva es fundamental para formar una generación que sepa equilibrar el uso de la tecnología con su desarrollo educativo y personal.
En conclusión, el debate sobre el uso de celulares y redes sociales en las escuelas trasciende la dicotomía de permitir o prohibir. Es imperativo que tanto educadores como estudiantes, junto con el apoyo de las familias, trabajen en conjunto para establecer una gobernanza digital que fomente un ambiente escolar enriquecido por la tecnología, pero que también priorice el aprendizaje y el bienestar de todos los involucrados.



