La velocidad con la que avanza la tecnología plantea un desafío creciente para el sistema educativo: aquello que se enseña hoy puede quedar desactualizado en poco tiempo. En las aulas de todos los niveles, la incorporación de la inteligencia artificial (IA) abrió una disputa difícil de resolver y sin una respuesta única.

Los estudiantes recurren a estas herramientas para resolver parte de sus tareas, desde resumir un libro de literatura hasta realizar cálculos matemáticos. Frente a esta situación, los docentes deben determinar cuánto participó cada alumno en los trabajos entregados y si, al menos, revisó y comprendió el material generado por la IA.

En algunos niveles educativos, identificar el uso de estas herramientas puede resultar sencillo, especialmente cuando el estudiante se desentiende por completo de la adquisición de conocimientos y del desarrollo del pensamiento crítico. Una de las pistas que pueden observar los docentes es el lenguaje: la IA suele emplear palabras y construcciones más elaboradas que las utilizadas habitualmente por sus alumnos.

El registro neutro y distante de algunos textos puede generar contradicciones evidentes. Expresiones como “las mejoras ayudan a evitar el desasosiego de los estudiantes”, utilizadas por un adolescente para redactar una crónica sobre el inicio de clases, pueden revelar que el escrito no refleja su forma habitual de expresarse. En ese sentido, el diálogo sostenido con los alumnos permite a los docentes reconocer, en pocas semanas, qué trabajos son genuinos y cuáles fueron entregados sin una revisión que los adapte al vocabulario que conocen los chicos.