En la actualidad, el terrorismo digital se ha convertido en una de las amenazas más insidiosas que enfrentan los niños y adolescentes en el entorno virtual. Grupos delictivos han encontrado en las plataformas digitales un terreno fértil para llevar a cabo actividades de explotación sexual, chantaje psicológico y manipulación extrema. Estos fenómenos, lejos de ser aislados, forman parte de un entramado más amplio que utiliza la tecnología como herramienta para perpetrar abusos y violencia psicológica sobre los más jóvenes.
Una de las organizaciones más notorios en este ámbito es la red conocida como “764”, que ha sido catalogada como un grupo de Extremismo Violento Nihilista (NVE). Este tipo de extremismo se caracteriza por una ideología que rechaza cualquier valor o sentido a la vida, así como una negación de principios morales, sociales y religiosos. En el caso de esta red, la combinación de explotación sexual infantil y tácticas de manipulación psicológica se traduce en un accionar que incluye la difusión de contenido extremadamente violento, el chantaje y la coerción digital, generando un clima de miedo y vulnerabilidad en sus víctimas.
Las amenazas y la extorsión son herramientas que estos grupos utilizan para obligar a los menores a participar en actos de autolesión, crueldad animal o la producción de contenido sexual explícito. Este tipo de acciones no solo se limitan a la producción de material dañino, sino que también pueden llevar a situaciones extremas, como el suicidio. El contenido grabado es luego compartido entre los miembros de la red, quienes lo utilizan para mantener el control sobre las víctimas y continuar con la extorsión, creando un ciclo de abuso que se perpetúa en el tiempo.
Los grupos delictivos operan principalmente en redes sociales, plataformas de videojuegos en línea y aplicaciones populares entre los jóvenes. Aunque las mujeres menores de edad son las más afectadas, cualquier niño o adolescente puede convertirse en un blanco de estas organizaciones. Las víctimas suelen estar en un rango de edad de 9 a 17 años, y los agresores se enfocan en aquellos que demuestran vulnerabilidades, como trastornos emocionales o problemas de autoestima. Esto les permite establecer un vínculo de confianza antes de manipularlas y forzarlas a participar en actos que buscan avergonzarlas y aislarlas socialmente.
Las tácticas de extorsión son variadas y pueden incluir amenazas de “swatting”, donde se realizan llamadas falsas a los servicios de emergencia para provocar intervenciones policiales en la vida real. Además, los agresores amenazan con difundir información personal o con hacer pública la producción de material que puede incluir abusos o autolesiones, lo que intensifica el miedo y la presión sobre las víctimas. Este tipo de manipulación no solo busca la producción de contenido para el entretenimiento de la red, sino que también tiene como objetivo mantener a las víctimas bajo un control psicológico extremo.
Las consecuencias para los jóvenes afectados son devastadoras. Quedan expuestos a situaciones de vergüenza, acoso, extorsión y una revictimización que puede prolongarse en el tiempo. Es crucial que padres, educadores y la sociedad en general estén atentos a las señales de alerta que puedan indicar autolesiones o intentos de suicidio. El monitoreo de la actividad en línea de niños y adolescentes es fundamental para identificar riesgos y proteger a los más vulnerables de este entorno digital tan peligroso. Además, es esencial fomentar una cultura de diálogo abierto sobre los peligros de compartir información personal en las plataformas digitales, para que los jóvenes se sientan seguros al abordar estas problemáticas y puedan buscar ayuda en caso de ser necesario.



