La llegada de la videocasetera y el auge de los videoclubes, durante la década de 1980, marcaron el comienzo de una transformación lenta pero profunda en la televisión tradicional. En poco más de veinte años, aquel medio que había organizado durante décadas los hábitos de consumo audiovisual perdió buena parte de su centralidad.
Esos dos dispositivos permitieron escapar de la rigidez de los horarios televisivos y ampliaron de manera notable la oferta disponible: películas, recitales, óperas y otros materiales podían verse sin depender de la programación del momento. Con el tiempo, la tecnología se volvió más sofisticada y, a través de una simple conexión, dejó de ser necesario esperar el horario de emisión de un ciclo. La posibilidad de elegir entre una cantidad prácticamente inabarcable de contenidos se convirtió en la norma.
La vieja pantalla chica tuvo descendencia, y mucha. Sin embargo, la multiplicación constante de plataformas y streamers también genera un efecto paradójico: cada vez resulta más fácil perderse producciones valiosas, porque no hay manera de abarcarlo todo. En ese escenario, los “cortes” y las ficciones verticales que circulan por las redes sociales recuperan, de algún modo, el espíritu del viejo tráiler cinematográfico, que anticipaba en pocos minutos una película próxima a estrenarse. Como Twitter —hoy X— recuperó la síntesis urgente de los antiguos telegramas, estos formatos breves responden a una época en la que parece no haber tiempo que perder. Hay que ver todo lo posible, pero, eso sí, cortito.



