El 17 de diciembre de 2014 marcó un hito en la historia contemporánea de Cuba y Estados Unidos, cuando los líderes Barack Obama y Raúl Castro anunciaron el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países. Este hecho significó un cambio significativo tras más de medio siglo de tensiones y confrontaciones. En medio de este contexto, un turista noruego, Ståle Wig, se encontraba de paso por La Habana, después de visitar a su familia en México. Su intención inicial era realizar un estudio antropológico en Sudáfrica, tras haber obtenido una beca en la Universidad de Oslo. Sin embargo, el ambiente político y social de Cuba lo llevó a replantear sus planes y enfocarse en la isla caribeña.

La llegada de Ståle a La Habana le permitió experimentar un “choque cultural” que transformó su perspectiva sobre la vida cubana, así como las expectativas de los habitantes ante el nuevo panorama político. A medida que compartía momentos con los locales, se dio cuenta de la ilusión que algunos sentían ante la posibilidad de un cambio, pero también de la profunda desilusión que permeaba en su cotidianidad. Este contraste lo llevó a solicitar a su universidad un cambio en el enfoque de su investigación, y así comenzó su travesía en la isla, donde se sumergiría en el estudio de las reformas económicas cubanas.

Para reflejar la realidad de los cubanos en su trabajo, Ståle decidió involucrarse en la vida diaria del pueblo. Inspirado por el documental “Taxi Teherán”, en el que un cineasta iraní recorre su país en un taxi, optó por realizar una experiencia similar. Con la convicción de que los taxistas suelen tener historias fascinantes que contar, adquirió un automóvil con fondos de una organización llamada Palabra Libre. A partir de ese momento, no solo se dedicó a su investigación, sino que también comenzó a plasmar sus vivencias en un libro que más tarde se publicaría bajo el título “Taxi Havana”. Aunque su vehículo no era un clásico Buick del año 57, las anécdotas que recogió durante su tiempo al volante formarían parte de un relato cautivador sobre la vida en Cuba.

El auto que Ståle adquirió pertenecía a una mujer conocida como Catalina, quien es militante del Partido Comunista y es reconocida en el entorno como “la reina del bajo mundo”. A lo largo de su experiencia, Ståle desarrolló una relación cercana con ella, considerándola una figura maternal en su vida. En la dinámica de su colaboración, él manejaba el taxi durante las noches, mientras que otro conductor lo hacía durante el día. Catalina, por su parte, utilizaba el vehículo para su negocio de venta de pelucas, transportando cabello desde el campo hacia La Habana. Sin embargo, el proceso de obtener la patente para el auto fue complicado, marcado por la necesidad de sobornos y una burocracia que lo mantenía en un estado de incertidumbre constante. Para Ståle, poseer un auto en Cuba se convirtió en una carga más que en un privilegio, ya que pasaba más tiempo en el taller que en las calles.

En su libro, Ståle también narra su relación con dos personajes clave que conoció en La Habana. Uno de ellos es Linette, una santiaguera que logró reinventarse tras escapar de una relación abusiva en Rusia y abrir un negocio de Airbnb. Su historia es un reflejo de la resiliencia de muchos cubanos que buscan nuevas oportunidades en medio de la adversidad. El otro personaje es Norges Rodríguez, un joven periodista que decidió salir del clóset y fundar una plataforma digital para dar voz a la comunidad LGTBQ+ en Cuba. Ambas narrativas enriquecen la comprensión de la realidad cubana, marcada por la lucha y la esperanza en un futuro incierto.

A medida que Ståle finaliza su obra, queda claro que su experiencia en Cuba va más allá de un simple estudio académico. Es un testimonio de las complejidades de una nación que, a pesar de su rica cultura y hospitalidad, enfrenta desafíos profundos y arraigados. Su relato no solo captura la esencia de La Habana, sino que también invita a reflexionar sobre la realidad de un pueblo que, a pesar de la ilusión de cambio, continúa lidiando con una crisis interminable. En este sentido, su obra se convierte en un espejo de la desilusión y la esperanza que coexisten en la vida cotidiana de los cubanos, un pueblo que anhela más que un simple cambio en las relaciones diplomáticas, sino una transformación real en su calidad de vida y oportunidades.