En un día lluvioso de abril, Hernán Majorani se encuentra en un café de Villa Pueyrredón, Buenos Aires, para compartir una historia que ha llevado consigo durante más de cuatro décadas. Con 43 años, aunque no está completamente seguro de su edad, Hernán se sienta nervioso, pero decidido a contar su experiencia. Su relato empieza con un libro que ha sido parte de su infancia y que, hasta hace poco, consideraba un simple cuento sobre la adopción. Sin embargo, al revisarlo nuevamente, la ilustración que acompaña el texto, donde los niños son retratados como si fueran mercancías, lo llevó a una revelación impactante: su vida no es lo que siempre pensó.

El libro en cuestión, un clásico de la autora estadounidense Carole Livingston, plantea la adopción de una manera que Hernán nunca había considerado. A través de sus páginas, se pregunta cómo es posible que alguien pueda adoptar un niño, dejando en claro que no se trata de una transacción comercial, a pesar de lo que la imagen sugiere. Hernán ríe en incredulidad al recordar esa ilustración, que lo hace sentir como si estuviera en una película de Christopher Nolan, donde las verdades ocultas finalmente salen a la luz. La revelación de que sus apropiadores lo adquirieron por 3.500 dólares lo llevó a cuestionar toda su historia familiar y a buscar respuestas sobre su verdadera identidad.

Desde pequeño, Hernán siempre tuvo la certeza de haber sido adoptado, aunque nunca se discutió abiertamente en su hogar. La narrativa familiar siempre fue una mezcla de triunfos y tragedias, donde sus apropiadores intentaron durante años tener hijos biológicos. Según el relato que le contaron, su madre adoptiva pasó por varias intervenciones quirúrgicas, y cuando finalmente recibieron la llamada que les informaba sobre un bebé en necesidad de una familia, la historia se convirtió en un cuento de hadas. Sin embargo, con el tiempo, la versión inicial de su adopción comenzó a cambiar, generando en él confusión y desconfianza.

Hernán recuerda cómo la historia de su origen fue evolucionando con el paso de los años. De ser el niño deseado que llegó a llenar un vacío familiar, pasó a ser el hijo de padres biológicos que supuestamente habían muerto, y luego, a ser un niño que fue entregado por no poder ser mantenido. Cada versión del relato se alejaba más de la realidad, y Hernán, buscando respuestas, se encontró atrapado en un laberinto de mentiras que le impidieron conocer su verdadera historia. Esta situación se ha vuelto un tema recurrente en las conversaciones que tiene con amigos y familiares, quienes también se muestran sorprendidos por la revelación de su compra.

La decisión de buscar a su familia biológica ha tomado forma en la mente de Hernán como un acto de valentía, pero también de desesperación. En su búsqueda, ha comenzado a rastrear información que lo lleve a sus orígenes, con la esperanza de encontrar respuestas que le permitan entender por qué su vida tomó este rumbo. “Fantaseo con que un día los encuentre”, confiesa con un tono que mezcla ilusión y ansiedad. La idea de conocer a sus padres biológicos lo motiva a seguir adelante, a pesar de las dificultades que pueda enfrentar en el camino.

A medida que avanza en su búsqueda, Hernán se encuentra con el desafío de desentrañar no solo su historia, sino también las implicancias de la adopción en la sociedad argentina. La compraventa de niños, aunque ilegal, ha dejado una huella profunda en el país y ha afectado a muchas familias. Su experiencia pone de relieve la necesidad de un mayor control y regulación en los procesos de adopción, así como la importancia de brindar apoyo emocional a los adoptados que buscan sus raíces. Hernán se convierte en un portavoz de aquellos que, como él, buscan respuestas en un mundo donde las verdades a menudo se ocultan tras relatos construidos con la mejor intención, pero que pueden resultar en dolor y confusión.