Los recientes operativos de gran magnitud llevados a cabo en barrios vulnerables de Buenos Aires han resaltado una problemática que trasciende lo superficial y se ha convertido en un fenómeno estructural de la sociedad. Con la movilización de más de 1.500 agentes de seguridad, estos operativos han resultado en la clausura de búnkers y la detención de individuos vinculados al narcotráfico. Sin embargo, este despliegue policial plantea una cuestión crucial para todos: ¿cómo hemos llegado a aceptar con tanta normalidad el avance del narcotráfico y el consumo de drogas en nuestra cotidianidad?
La entrada al mundo de las drogas a menudo se presenta como un camino accesible. Comienza con lo que se podría considerar un juego, una búsqueda de pertenencia o incluso un intento de escapar de realidades dolorosas que a menudo quedan sin atención. En una sociedad que muestra una escasa tolerancia a la frustración, las sustancias psicoactivas ofrecen una promesa de alivio inmediato, aunque sea efímero, y sin la necesidad de un esfuerzo significativo.
Por otro lado, el proceso de salir de este ciclo es completamente diferente y mucho más complejo. Se trata de una lucha que puede ser larga y silenciosa, marcada por el sufrimiento y la necesidad de un apoyo constante. Las estadísticas proporcionadas por la SEDRONAR son alarmantes: el uso de alcohol y marihuana entre los adolescentes ha aumentado de manera constante, mientras que el consumo de psicofármacos y vapeadores se ha vuelto habitual entre los más jóvenes. Detrás de estos números, se encuentran adolescentes que enfrentan un profundo vacío existencial, soledad y la falta de perspectivas de futuro.
En este contexto, surge una realidad incómoda: las medidas de seguridad, aunque son necesarias para frenar el avance destructivo del narcotráfico en los barrios, no son suficientes por sí solas. La industria del narcotráfico ha logrado ocupar espacios que han sido abandonados por la familia, la educación y los clubes deportivos, ofreciendo alternativas de dinero rápido y una identidad donde antes había un vacío de propósitos y proyectos de vida.
Para abordar esta situación de manera eficaz y sostenida, el papel del Observatorio para la Prevención del Narcotráfico (OPRENAR) se vuelve crucial. A diferencia de enfoques que se limitan a la asistencia, OPRENAR se presenta como una iniciativa interinstitucional que busca tratar el problema de manera integral y multidimensional. Su labor se centra en la evaluación de los progresos en prevención y en la formulación de estrategias gubernamentales que vayan más allá de las intervenciones policiales, buscando fortalecer las instituciones comunitarias y fomentar valores que reemplacen la identidad proporcionada por el narcotráfico.
La Fundación Pastoral Universitaria San Lucas, en colaboración con la Asociación Civil Revivir, ha estado trabajando en este ámbito durante años, brindando apoyo a personas en tratamiento por problemas de consumo. A través de su enfoque centrado en la persona, Revivir no solo aborda el consumo, sino que también se interesa en la reinserción social, la reconstrucción de vínculos, el acceso al empleo y la recuperación de proyectos de vida. Este trabajo integral es fundamental para ofrecer alternativas reales y efectivas a quienes buscan salir de la espiral de las adicciones.
Marcelo Candal, presidente de la Asociación Civil Revivir, subraya una verdad difícil de negar: "Las adicciones, en ciertos contextos sociales, parecen ser una salida a la desesperanza". La necesidad de construir comunidades resilientes y un entorno que ofrezca apoyo y desarrollo es más urgente que nunca. Enfrentar la problemática del narcotráfico exige no solo medidas de seguridad, sino también un compromiso colectivo para reconstruir el tejido social que permita a cada individuo encontrar su lugar y propósito en la sociedad.



