El subte porteño concentra, en cada viaje, una escena cotidiana de la ciudad. Antes de que el tren salga, las indicaciones se repiten: no trabar las puertas, empujar con cuidado y dejar pasar a quienes bajan en la próxima estación. En ese movimiento apurado también aparece una advertencia que obliga a cuidar los bolsillos: el motorman anuncia que hay “pungas a bordo”. Algunos pasajeros escuchan el aviso; otros, concentrados en sus auriculares, siguen el viaje sin advertir el riesgo para sus pertenencias.
El subte es, en términos simples, un tren que circula bajo tierra. El subte porteño, además, es presentado como un símbolo de la ciudad por haber sido el primero de América latina. También tiene particularidades como la cercanía entre las estaciones Alberti Norte y Pasco Sur, y el intenso cruce de pasajeros en el nodo de Carlos Pellegrini, donde distintas líneas y recorridos confluyen al mismo tiempo.
Cuando las puertas finalmente se cierran —a veces después de uno, dos o tres intentos— comienza el recorrido por las entrañas de Buenos Aires. En el vagón viaja el estudiante que repasa a contrarreloj antes de un parcial, la lectora que todavía lleva consigo un libro de Stephen King y el pasajero que mueve la cabeza al ritmo de la música que escucha con sus auriculares. También está la mujer que sostiene su cartera con fuerza, como si llevara allí los dólares guardados en un colchón. Todos comparten unos pocos metros en una masa compacta de cabezas, brazos y piernas, mientras el tren atraviesa la ciudad bajo tierra.



