En la penumbra del Imperio Romano tardío, un grupo de mujeres valientes se aventuró a desafiar las convenciones de su tiempo. Desde emperatrices hasta viudas y mujeres redimidas, estas peregrinas emprendieron viajes que no solo buscaban santuarios, sino que también reconfiguraron el panorama espiritual de su época. Más que simples devotas, se convirtieron en pioneras de un nuevo orden religioso, fundando monasterios y escribiendo diarios que hoy en día iluminan las sombras del patriarcado en la Iglesia.

Inspiradas por figuras como Egeria, una hispanorromana del siglo IV que documentó su travesía por Tierra Santa, estas mujeres transformaron la Pax romana en un camino de fe. El teólogo Giuseppe Perta destaca que su audacia no era meramente casual, sino un acto de liberación que resonaba desde Galicia hasta el Sinaí, enfrentando peligros constantes como bandidos y tormentas en el mar.

Entre estas figuras destacadas se encuentra la emperatriz Elena, madre de Constantino el Grande. Nacida en un entorno modesto, Elena se convirtió en una figura clave en la historia del cristianismo tras la conversión de su hijo. Su peregrinación a Jerusalén en el año 326 marcó el inicio de un turismo sagrado. Además de orar, Elena desenterró la Vera Cruz, estableciendo rutas de peregrinación y fomentando el culto a la Cruz, lo que la convierte en un referente que aún perdura en la cristiandad moderna.