El lunes por la tarde, durante el viaje en colectivo de regreso a casa, un cielo plomizo parecía anunciar otra tormenta. Al subir, mientras pasaba la SUBE, el chofer reparó en mi piloto negro y me preguntó: “¿Va a llover al final?”. La pregunta me tomó desprevenido. “Eso están diciendo”, respondí con cierta vaguedad. “Uh, seguro me agarra justo cuando termine el turno”, comentó él, mientras cobraba el boleto del pasajero que esperaba detrás de mí. “Esperemos que no”, le dije antes de avanzar hacia el fondo de la unidad para ponerme a leer.

Situaciones como esa forman parte de una serie de intercambios mínimos que se repiten todos los días entre desconocidos o personas con las que apenas tenemos trato. Pueden ocurrir junto a la máquina de café, con un compañero nuevo de la oficina; durante un viaje en taxi o en un auto solicitado por una aplicación; o en un ascensor compartido con una vecina, en medio de un silencio demasiado prolongado. Son conversaciones breves, casi automáticas, que permiten atravesar un momento sin que el encuentro quede reducido a la ausencia total de palabras.

Sin embargo, en una sociedad tan dividida, iniciar una charla con alguien que no conocemos puede convertirse en una actividad riesgosa. La política, el fútbol, la economía, la religión e incluso las bandas favoritas pueden abrir la puerta a una incomodidad inesperada. Para esos momentos de “small talk” —un término cuya traducción al castellano no parece hacerle justicia— el clima aparece como un refugio seguro. “Qué frío”, “qué calor”, “qué humedad” o “qué tarde espectacular” suelen alcanzar para establecer un contacto fugaz y, al mismo tiempo, salir del paso sin entrar en terrenos capaces de generar discusión.