En el centro de Wilmington, Carolina del Norte, se erige un memorial que conmemora un hecho trágico y significativo en la historia de Estados Unidos: el único golpe de Estado exitoso en el país. Este suceso, ocurrido en 1898, no solo fue un ataque violento contra la comunidad afroamericana, sino que también transformó la estructura social y política de una ciudad que, hasta ese momento, era un ejemplo de convivencia racial. A través de la reconstrucción de estos eventos, se revela cómo el racismo y la violencia orquestada por sectores de la élite blanca llevaron a la destrucción de un modelo de integración que había logrado establecerse en la región.

Wilmington, a finales del siglo XIX, se destacaba en el sur de Estados Unidos por su población diversa. Con un 56% de afroamericanos, la ciudad era un microcosmos donde las comunidades negra y blanca compartían espacios económicos y políticos. Esta armonía fue vista como un símbolo esperanzador del New South, un ideal que emergió tras la abolición de la esclavitud. Sin embargo, la realidad era que esta convivencia era vista como una amenaza por parte de aquellos que aún se aferraban a las viejas estructuras de poder, en su mayoría miembros del partido Demócrata sureño.

La periodista Lauren Collins, en su investigación sobre estos acontecimientos, destaca que la violencia no fue un estallido espontáneo, sino el resultado de una planificación meticulosa por parte de estos grupos supremacistas. Su trabajo, que incluye una mirada personal hacia su propia historia familiar en Wilmington, revela cómo líderes locales, como el reverendo Peyton Harrison Hoge, promovieron una narrativa de supremacía blanca que buscaba desplazar a la comunidad negra de los espacios de decisión. Collins enfatiza que el amor por una ciudad no puede basarse en la negación de su historia, y que recordar estos episodios es vital para comprender el presente.

El golpe de Estado del 10 de noviembre de 1898 marcó un antes y un después en Wilmington. Aquella mañana, una turba blanca, bien organizada y armada, lanzó un ataque en contra de The Daily Record, el único periódico dirigido por afroamericanos. La destrucción del edificio fue solo el comienzo de una serie de actos violentos que se extendieron por las calles de la ciudad. Las imágenes de los atacantes posando triunfantes tras el incendio del periódico aún resuenan como un recordatorio escalofriante de la brutalidad que se desató ese día.

El clima de violencia se intensificó rápidamente, comenzando con un disparo que cobró la vida de tres hombres afroamericanos en Fourth y Harnett Streets. A medida que la situación se deterioraba, un carro ametrallador recorrió las calles, disparando indiscriminadamente contra residentes desarmados. Aunque no existen cifras exactas, los historiadores estiman que el número de víctimas podría oscilar entre decenas y cientos, reflejando un nivel de violencia aterrador que dejó una huella indeleble en la comunidad.

Uno de los casos más emblemáticos de esta tragedia es el de Joshua Halsey, quien se convirtió en un objetivo de los golpistas tras presentar una demanda contra la ciudad. Su asesinato, a manos de los atacantes, fue un acto calculado que buscaba sembrar el terror en la comunidad negra. La bisnieta de Halsey, Elaine Brown, relata cómo su familia fue forzada a huir de Wilmington, un destino compartido por muchos otros que se vieron obligados a abandonar sus hogares ante la amenaza de muerte.

Finalmente, el golpe culminó con la toma del ayuntamiento, donde los demócratas blancos armados obligaron a renunciar a todos los funcionarios, tanto blancos como negros, bajo la amenaza de muerte. Este acto no solo consolidó la supremacía blanca en la política local, sino que también sentó un precedente aterrador para el futuro de la comunidad afroamericana en Wilmington y más allá. En resumen, el golpe de Estado de 1898 no solo fue un episodio de violencia racista, sino un hito que debemos recordar para no repetir los errores del pasado y construir un futuro más inclusivo y justo.