En el oscuro contexto de la dictadura argentina, Marta García de Candeloro vivió una experiencia desgarradora que marcaría su vida para siempre. La noche en que su esposo, Jorge Roberto Candeloro, fue asesinado, el silencio que siguió a sus gritos se convirtió en un símbolo de la brutalidad del régimen militar. Marta escuchó cómo los torturadores sometían a su marido en las instalaciones de un antiguo radar de la Base Aérea de Mar del Plata, y el último grito de Jorge resonaría en su memoria como un eco de sufrimiento que nunca se extinguiría. En sus palabras, la descripción de ese instante se convierte en un testimonio vital de una violación sistemática de los derechos humanos.
Jorge, un abogado laboralista de 36 años, había sido secuestrado junto a su esposa el 13 de junio de 1977 en Neuquén, donde vivían. Tras días de cautiverio, fueron trasladados a lo que se conocía como La Cueva, un centro clandestino de detención que operaba en las entrañas de la base militar. Allí, la represión mostraba su rostro más cruel, ocultando el terror bajo la apariencia de una rutina cotidiana. La frase que quedó grabada en la memoria colectiva, “Ahora la Justicia somos nosotros”, pronunciada por los represores, reflejaba una distorsión escalofriante del concepto de justicia que el régimen pretendía imponer.
La Cueva había sido habilitada poco después del golpe militar de 1976, en un contexto donde la represión estatal se intensificaba. El coronel Pedro Barda solicitó espacios para el descanso de sus tropas, pero lo que se materializó fue un dispositivo de tortura y muerte. La estructura, diseñada para ser un refugio, se transformó en un lugar de horror donde las víctimas eran despojadas de su humanidad. Con celdas, una sala de torturas y condiciones inhumanas, este lugar se convirtió en un símbolo del miedo que reinaba en la sociedad argentina.
Los responsables operativos, como el suboficial Gregorio Rafael Molina y el teniente Fernando Cativa Tolosa, dirigían las operaciones desde la cercanía, organizando torturas y secuestros con total impunidad. Los nombres de los represores eran sustituidos por apodos que deshumanizaban aún más sus actos. Este anonimato buscaba proteger a los torturadores de la responsabilidad y el escrutinio público, reflejando una cultura de miedo y silencio que dominaba la época. En este contexto, los detenidos eran despojados de su identidad, cubiertos con capuchas de fieltro negro, reducidos a meros números que simbolizaban un sistema de opresión salvaje.
Los relatos de Marta y otros sobrevivientes se convierten en una fuente crucial de memoria histórica. Cada testimonio recoge fragmentos de la verdad que el régimen intentó ocultar, y a través de ellos se forja la resistencia de una sociedad que busca sanar las heridas del pasado. La Noche de las Corbatas es un recordatorio de que el silencio no es una opción; es un llamado a la memoria activa y a la justicia. En un país donde la impunidad ha sido la norma, es fundamental que las nuevas generaciones conozcan y reconozcan el horror de esos años oscuros.
La importancia de la memoria en este contexto no solo radica en recordar a las víctimas, sino también en entender las dinámicas de poder que permitieron que estos crímenes ocurrieran. La lucha por la justicia y la verdad continúa, y las voces de aquellos que vivieron el terror son esenciales para construir un futuro donde tales atrocidades no se repitan. La Noche de las Corbatas no debe ser solo un capítulo en la historia, sino un compromiso permanente con la defensa de los derechos humanos y la dignidad de cada persona.



