Eduardo Iglesias, un padre que ha cargado con un dolor indescriptible durante tres décadas, se dirigió a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Frente a jueces procedentes de diferentes países de América Latina, el hombre expuso la tragedia que transformó su vida y la de su familia. Su testimonio, que resonó en el auditorio, se centró en el trágico fallecimiento de su hija, Marcela, quien a la edad de seis años perdió la vida aplastada por una escultura de 270 kilos. La obra, instalada de manera ilegal y precaria en la vereda, nunca fue objeto de un juicio, dejando un vacío de justicia que perdura hasta el día de hoy.
Eduardo relató cómo la tragedia ocurrió en un día aparentemente normal. Marcela, tras haber finalizado su etapa en el preescolar, esperaba con ansias el inicio de sus clases en primer grado. Sin embargo, el 5 de febrero de 1996, cuando la colonia de vacaciones del Banco Hipotecario organizó una excursión al Paseo de la Infanta, el destino les tenía reservado un desenlace fatal. La escultura, que no cumplía con las mínimas normas de seguridad, se desplomó sobre la pequeña, acabando con su vida en un instante. La falta de responsabilidad en el manejo de esta situación ha dejado a la familia en un limbo de dolor e impunidad.
Durante su intervención, Eduardo no solo habló de su pérdida, sino que también criticó la indolencia de las autoridades en el manejo del caso. Recordó cómo en el proceso judicial, una jueza le respondió de manera despectiva: "La muerte de su hija ya fue, ahora estamos en otra cosa". Este tipo de declaraciones no solo revictimizan a las familias que sufren, sino que también evidencian un sistema que a menudo ignora el sufrimiento humano. La comparación que hizo un ex intendente de Buenos Aires entre la tragedia de su hija y la caída accidental de una maceta de un balcón es otra muestra de la falta de sensibilidad y justicia que ha marcado este caso.
La lucha de Eduardo y su esposa, Nora Ribaudo, por justicia ha sido constante y desgastante. Durante estos años, han visto cómo la memoria de su hija se desdibuja en el tiempo, mientras la impunidad sigue presente. En su testimonio, Eduardo evocó momentos de su vida familiar, mostrando una libreta de casamiento y el certificado de defunción de Marcela, un contraste desgarrador que ilustra cómo su futuro fue truncado de manera abrupta. La emoción en su voz fue palpable, y su declaración se tornó un grito desesperado por la justicia que nunca llegó.
A pesar de las adversidades, Eduardo y Nora decidieron que su búsqueda de justicia no se detendría. A cinco mil kilómetros de Buenos Aires, en San José, Costa Rica, se presentan ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos con la esperanza de que su historia encuentre eco y visibilidad. Su testimonio no solo busca justicia para Marcela, sino que también pretende generar conciencia sobre la importancia de la responsabilidad en la gestión de espacios públicos y la seguridad de los niños. "Hay dos personas dentro de mí. Quiero justicia, pero a su vez no queremos pasar por este sufrimiento", expresó Eduardo, reflejando la complejidad de su lucha interna.
La historia de la familia Iglesias es un recordatorio de que la búsqueda de justicia a menudo implica un viaje arduo y doloroso. A medida que se acercan al aniversario de la muerte de Marcela, la esperanza de que su caso obtenga visibilidad y justicia sigue viva. La Corte Interamericana tiene la oportunidad de escuchar su relato y, quizás, convertirse en un faro de esperanza para muchas otras familias que enfrentan injusticias similares. En un mundo donde la impunidad puede parecer abrumadora, la perseverancia de Eduardo y Nora es un testimonio del amor paternal y la inquebrantable búsqueda de justicia que trasciende fronteras y décadas.



